Gracias, Carlitos

Me refiero a Carlos Bianchi, y el agradecimiento es por habernos enseñado cómo jugar la Libertadores; a los otros dos Carlos que lo merecen ya les corresponderá su post de agradecimiento.

Desde 2000, el record de Boca en la Copa es asombroso. Boca participó en 11 de 15 ediciones, llegando a la final en 6 ocasiones (55%); siempre pasó la primera fase, y sólo una vez se quedó en octavos de final (en 2009, contra Defensor Sporting). En otras palabras, Boca jugó los cuartos de final de dos de cada tres copas disputadas entre 2000 y 2014, y pasó en 6 de 7 semifinales (86%). Para poner esos números en contexto, de los otros 10 equipos que participaron en 9 o más ediciones,* únicamente Peñarol llegó a la final, en 2011 (perdió con Santos). Además de Boca, sólo Inter de Porto Alegre (ganó 2 de 2), Sao Paulo, Santos y Olimpia (1 de 2) llegaron a la final más de una vez.

Una forma de examinar esos números con un poco más de rigor es estimar la probabilidad de que un equipo llegue a una determinada instancia (Final, Semi, Cuartos, etc) dadas ciertas variables, como su desempeño en la primera fase o su país de origen. Para ver si ése es el caso, estimé una serie de modelos probit ordenados donde la variable dependiente es la posición en que cada equipo terminó en cada Copa (Campeón, Subcampeón, Semifinal, Cuartos u Octavos). La muestra comprende todos aquellos equipos que llegaron a octavos de final.

Los modelos 1-3 muestran que los equipos a los que les va bien en la primera fase generalmente llegan más lejos, y que el total de puntos obtenidos es más importante que ganar el grupo. Por supuesto, ambas variables están correlacionadas–en promedio, el primero del grupo le saca tres puntos al segundo–, pero a los mejores primeros (y, presumiblemente, a los mejores segundos) les suele ir mejor. El modelo 4 muestra que incluso controlando por la cantidad de puntos obtenidos en la primera fase, los equipos argentinos y brasileños son más fuertes que el resto–lo que es esperable si consideramos que casi 3 de cada 4 finalistas (22 de 30, ó 73%) vienen de Argentina o Brasil. Sin embargo, el último modelo revela que más que un “efecto Argentina”, lo que hay es un “efecto Boca”: cuando incluimos un dummy para Boca, los equipos argentinos ya no son tan buenos en comparación al resto, pero Boca sí lo es.

TablaGraciasCarlitos

El gráfico de abajo ilustra la magnitude de ese efecto. Las barras indican la probabilidad de que distintos equipos lleguen a una determinada instancia de la Libertadores, dependiendo de su país de origen y el número de puntos obtenidos en la primera fase. Podemos apreciar cómo los equipos que no son argentinos ni brasileños (y los argentinos que pasan con sólo 10 puntos) tienen muchas probabilidades de quedarse afuera en Octavos; asimismo, la diferencia entre un equipo brasileño y uno argentino que no sea Boca es de alrededor de 3 puntos. Pero nada se compara con el Boca post-Bianchi, cuya probabilidad de ganar la final es la misma que la de un equipo brasileño de llegar a semifinales–y ni hablemos de pasar las primeras dos fases.

BocaLibertadores

(*) Los otros equipos que participaron en 9 ó más ediciones son Nacional de Montevideo (15), Cerro Porteño y Libertad de Paraguay (11), Bolívar, Emelec, River, Vélez (10), Caracas, Peñarol y The Strongest (9).

Yo tengo un plan para Francisco

La provincia de Buenos Aires está triplemente maldita: (a) con el 38.9% de la población, es por lejos el distrito más poblado del país (la provincia que le sigue, Córdoba, es 4.7 veces más chica); (b) recibe mucho menos recursos nacionales de los que debería: entre 1983 y 2010 las transferencias automáticas de la nación promediaron US$158 per capita por año (a precios de 2005), prácticamente dos tercios menos que el resto de las provincias (US$493, ó US$513 si no contamos a la CABA); y (c) está enormemente subrepresentada en el Congreso Nacional: en Diputados tiene casi 30 legisladores menos de los que le corresponderían por población, y ni hablemos del Senado, donde todas las provincias tienen igual cantidad de representantes.

La combinación de esos tres factores genera una serie de incentivos perversos. (a) significa que el gobernador de Buenos Aires es un presidenciable natural, ergo un rival del presidente de turno. Por eso las relaciones entre ambos son como mínimo tensas, incluso si pertenecen al mismo partido: pasó con Avellaneda y Tejedor, con Yrigoyen y Crotto, con Perón y Mercante, con Menem y Duhalde, y ahora con Cristina y Scioli. (b) implica que el gobernador de la provincia cuenta con muchos menos recursos que sus pares de otros distritos, de ahí los esfuerzos de Montoya por cobrar impuestos provinciales como sea. Y una combinación de (a) y (c) induce a los gobernadores a no reclamar una revisión integral del sistema de coparticipación, a pesar que la provincia es la que más pierde con el sistema.* Por un lado, (c) significa que la capacidad de los legisladores bonaerenses de presionar por más recursos para su provincia es relativamente limitada. Por otro, un candidato a presidente que salga a pedir en público que las otras provincias resignen plata en favor de Buenos Aires no sólo se va a poner a todos los otros gobernadores en contra, tampoco va a poder sumar muchos votos fuera de su distrito. Y armar una coalición con otras provincias es inviable porque el gobernador de Buenos Aires no puede comprometerse a no convertirse en la parte dominante de dicha coalición.

La solución al problema sería un gobernador que no quiera, o mejor aún no pueda, ser candidato a presidente en el futuro. Un gobernador semejante tendría una mejor relación con el presidente de turno, y la presión de no tener que buscar votos en el resto del país le permitiría dedicarse a presionar por una revisión integral del sistema de coparticipación. Pues bien, ese candidato existe: es el Francisco que no le hace asco al dinero. Por ser colombiano, De Narváez puede alegar, creíblemente, que no va a ser candidato a presidente en 2019 ni en 2023. Pero en un contexto donde los jueces son estratégicos y la jurisprudencia no es clara, haber nacido en Colombia no es suficiente. De ahí mi plan: en lugar de presentarse a la gobernación, ganar, y luego presionar para que la justicia le deje competir por la presidencia, De Narváez tiene que lanzar una candidatura presidencial ahora y apelar hasta que la Corte Suprema le niegue el derecho a presentarse. Recién ahí toca bajarse a la gobernación, y centrar su campaña en que, en tanto no presidenciable, va a estar en mejor situación de defender los intereses de los bonaerenses.

(*) La Ciudad de Buenos Aires recibe aún menos recursos de forma directa, pero como es la sede del gobierno nacional y el distrito más rico del país, el problema es menos grave.

Cuando la sangre llega al río

La muerte de Nisman–y más en general el enfrentamiento entre el gobierno argentino y el poder judicial–hacen recordar el argumento de Milan Svolik sobre la intervención de los militares en política (este libro, cap. 5).

¿Por qué los militares hacen golpes? A primera vista la respuesta parece obvia: porque sus preferencias políticas difieren de las del gobierno de turno. Pero organizar un golpe implica un riesgo, porque si las cosas salen mal los cabecillas pueden esperar ser pasados a retiro, y el país puede llegar a caer en una guerra civil. En otras palabras, para los militares el mejor de los mundos posibles es uno donde la amenaza de un golpe es suficiente para inducir al gobierno a cambiar sus políticas. Pero si las autoridades civiles intuyen que los militares no quieren sacar los tanques a la calle, van a hacer caso omiso de las amenazas que reciban (o cumplir con ellas sólo en parte). Dependiendo del nivel de credibilidad del que goce la amenaza de dar un golpe, las relaciones cívico-militares pueden van a estar caracterizadas por uno de tres equilibrios:

  1. Sujeción militar al poder político. Cuando la amenaza de lanzar un golpe nunca es creíble, las autoridades civiles implementan sus políticas preferidas y los militares obedecen sin chistar. En otras palabras, no hay golpes porque las fuerzas armadas son muy débiles. Ejemplos: países desarrollados, Argentina post-1995.
  2. Tutela militar. Cuando el gobierno depende absolutamente del apoyo de los militares, la amenaza de golpe es tan creíble que las decisiones del poder civil están absolutamente subordinadas a las preferencias castrenses. Pero aunque los militares tienen mucho poder, los golpes son escasos porque no resultan necesarios. Ejemplos: El Salvador durante la segunda mitad del s. XX.
  3. Riesgo calculado (“brinkmanship“). Cuando la amenaza de intervención militar no puede ser descartada de plano pero tampoco resulta enteramente creíble, los militares y el gobierno se embarcan en un juego de póker: los unos piden más de lo que esperan obtener, el otro estima que puede evitar un golpe dando menos de lo que le piden. En otras palabras, nadie sabe hasta dónde el otro está dispuesto a ceder, y entonces ambos tratan de correr los límites un poco más allá, hasta que alguno comete un error de cálculo:

Military interventions occur when, in this push-and-shove play for influence between the military and the government, the latter oversteps and “rocks the boat” too much. (Milan Svolik, The Politics of Authoritarian Rule, Cambridge University Press, 2012, ch. 5)

El enfrentamiento entre el kirchnerismo y la justicia puede ser descrito con la misma lógica. Por supuesto, el poder judicial no hace golpes pero decide estratégicamente si investiga a los funcionarios gubernamentales que cometen delitos. Pero como en el caso anterior, independientemente de quién gane la pulseada, tanto el gobierno como los jueces están mejor si no hay conflicto: si a la larga va a ganar el gobierno, jueces y fiscales prefieren no quedar marcados como enemigos del poder de turno; mientras que si va a predominar la justicia, los funcionarios gubernamentales prefieren no incurrir en comportamientos que puedan ser juzgados. Como en el caso de las relaciones cívico-militares, esto da lugar a tres equilibrios:

  1. En un escenario de subordinación judicial al poder político, ningún juez o fiscal investiga a los funcionarios de turno porque es absolutamente inútil; los únicos políticos investigados–posiblemente con causas armadas–son los de la oposición. Como en el caso de la sujeción militar al poder político, el conflicto no existe: si a algún funcionario judicial quijotesco se le ocurre investigar al poder de turno, es removido inmediatamente de su cargo.
  2. Cuando se respeta la independencia judicial, jueces y fiscales se sienten en libertad de investigar, porque el gobierno no puede responder cargando contra el poder judicial. Por supuesto, los funcionarios acusados tienen el derecho a defenderse, pero dicha defensa de limita a una causa concreta; la investigación de un funcionario, por importante que sea, no termina en un conflicto con el poder judicial in toto.
  3. Cuando el poder judicial no es completamente autónomo pero tampoco opera como un apéndice del poder político, el resultado es un enfrentamiento entre poderes que vemos en la Argentina de hoy: unos disparan con causas e investigaciones no siempre creíbles, en tanto que los otros responden con presiones, operaciones mediáticas, y reformas institucionales destinadas a subordinar la justicia al poder de turno. Como en el caso de las relaciones cívico-militares, aunque ninguna de las partes quiere el conflicto, ambas tienen incentivos para exagerar su posición y descubrir dónde están los límites. Hasta que la sangre termina por llegar al río.

Desde mediados de los 90, la Argentina se encuentra empantanada en este último equilibrio. La acusación de Nisman y su muerte son tanto un reflejo de ello como un intento de extender los límites un poco más allá y establecer un equilibrio diferente. Nuestra reacción va a determinar con qué nos vamos a encontrar mañana: si la muerte de Nisman permanece impune, la muerte del fiscal que acusó a la presidenta va a colgar como espada de Damocles sobre el resto de los funcionarios judiciales, independientemente de que el gobierno sea el responsable directo de su muerte; sólo si el caso se resuelve de manera satisfactoria vamos a avanzar a un escenario donde jueces y fiscales se sienten dispuestos a investigar al poder de turno.

Ostiguy tiene razón (una más y van…)

Esta semana pasaron dos cosas sintomáticas de cómo funciona el país. La primera es el siguiente episodio que menciona Julio Blanck en el Clarín del viernes:

“Ustedes ahora son kirchneristas, pero dentro de un año van a ser massistas o sciolistas, lo que convenga en el momento”, bramó Carrió durante su última pataleta en una reunión de comisión en Diputados. Algunos peronistas se rieron, ninguno la contradijo.

Difícil no estar de acuerdo. Pero lo que se les escapa tanto a Carrió como a Blanck (más por falta de introspección que por deshonestidad) es que lo mismo vale para los que están del otro lado. ¿Acaso dentro de unos años Carrió no va a ser tan antisciolista o antimassista, según lo que convenga en el momento, como sus adversarios van a ser massistas o sciolistas?

El otro punto destacable de la semana es la reacción que generó el discurso de Sabsay en IDEA. Como se aprecia en el video, Sabsay fue muy duro con el gobierno: lo comparó con el nazismo por insuflar la cultura del odio (desde minuto 6:15); cuestionó el uso de la ley de medios y el AFSCA como mecanismos de censura (7:40), lo que por otra parte es innecesario porque el oficialismo ya maneja el 80% de los medios (8:50); señalé que el proyecto de Código Procesal Penal representa “la forma más reaccionaria del Derecho Penal” (11:25); definió a Alejandra Gils Carbó como la “encubridora general de la Nación” (12:10); y destacó que el canciller Héctor Timerman da vergüenza y es un traidor por negociar con Ahmadinejad (16:50). Todos puntos con los que estoy generalmente de acuerdo. Pero de todo lo que dijo Sabsay, lo que más prendió fue el pedido para que la presidenta “muestre el título” de abogada. En otras palabras, tenemos un gobierno que hace cosas espantosas y el meme de la semana es que la presidenta nunca habría recibido el título que dice tener.

Los episodios parecen disímiles, pero tienen un importante punto en común: ambos reflejan el clivaje dominante en la política argentina desde 1945, que es la oposición entre peronismo y antiperonismo. Como señala el politólogo canadiense Pierre Ostiguy, dicha oposición no se basa en diferencias ideológicas o preferencias de política, sino en identidades. De un lado está la “clase media”, educada, que mira al exterior, respetuosa de los procedimientos y la legalidad; del otro está “el pueblo”, nacional y popular, preocupado por que las cosas se hagan, sin importar los formalismos legales. Esas identidades correlacionan bien con nivel educativo e ingresos, pero no con ideología: las políticas criminales represivas y de mano dura encuentran eco en ciertos sectores de la clase media, pero también en el conurbano bonaerense (Ruckauf, Rico, Massa). A la inversa, los políticos progresistas que cuestionan la mano dura generalmente vienen de la clase media (Frepaso, socialismo). Lo mismo pasa en cuestiones de política económica: si parece extraño que Menem y Kirchner hayan podido coexistir en el mismo partido, ¿qué hay de Alfonsín y De la Rúa (por no decir López Murphy)? ¿Acaso Pino Solanas no comparte espacio con Alfonso Prat Gay, que fue compañero de fórmula de Victoria Donda?

De acuerdo con Ostiguy, para un político en campaña es más redituable politizar el clivaje peronismo-antiperonismo que cualquier otro clivaje basado en preferencias de política. Se trata de un argumento falsificable y por ende científicamente válido, pero los eventos de esta semana no hacen más que corroborarlo. Carrió acusa a los diputados peronistas de alinearse detrás del próximo líder de turno, sea Scioli o Massa, como si existiera la posibilidad de que ella apoye a un gobierno peronista que sea ideológicamente afín (suponiendo que Carrió tenga preferencias ideológicas definidas). ¿Acaso no hay un doble estándar en cuestionar a los peronistas de sólo alinearse con el peronista de turno cuando los antiperonistas sólo buscan acuerdos dentro de su propio campo? Sabsay dice con todas las letras que el gobierno de Cristina Kirchner ha cometido toda clase de atropellos y va a dejar una herencia espantosa, pero la acusación que más “prende” es que la presidenta no tiene el título que dice tener: más grave que lo que hizo en el poder es que pretenda hacerse pasar por una abogada de clase media que no es. Y mientras tanto, las cuestiones de política que tanto importan –cómo bajar los índices de delincuencia de manera efectiva; cómo evitar que el narcotráfico se enquiste en el país; cómo distribuir los costos de salida de la encerrona económica en que nos metió el gobierno; cómo hacer para integrar al país al mundo en un contexto donde hay fuertes incentivos políticos para no hacerlo– siguen escondidos bajo la alfombra.

¿Cómo se lo decimos a Fernández?

Hoy es un gran día para la literatura argentina. Jorge Fernández Díaz, uno de los tantos escritores al que el gobierno excluyó del Salón del Libro de París por sus inclinaciones opositoras, se desquita de la mejor manera. En lugar de quejarse por la injusticia de la exclusión, decide regalarnos una gran pieza de ficción, un drama que combina la noble tradición del folletín con los todos los ingredientes de un Blockbuster hollywoodense.

La historia transcurre en un país de gente buena y generalmente razonable. Dice Fernández:

Hay un enorme consenso nacional … superávit fiscal y comercial, peso competitivo, ahorro de reservas, economía mixta con un Estado presente y, a la vez, con un ágil clima de negocios, política exterior independiente, pero no aislada, confluencia entre el campo y la industria, y seguridad jurídica. Un desarrollismo sano que radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes estarían dispuestos a suscribir. Sólo quedan fuera de estos anhelos sensatos sectores ultraconservadores en una punta e izquierdismos radicalizados en la otra: esas franjas extremas no representan hoy a casi nadie.

(El lector que no pueda creer que la literatura nacional sea capaz de alcanzar semejantes cotas de perfección puede chequear que Fernández no está solo.)

Pero claro, en una historia que comienza tan bien, no puede faltar un Malo que rompa con este clima idílico. En este caso, se trata de un oscuro hechicero de largas patillas, un aprendiz de brujo cuyo oscuro pasado ya daba para sospechar:

[El aprendiz de brujo], que ya había convalidado el cepo y un blanqueo que ni los narcos se atrevieron a aceptar, propuso esta vez una maxidevaluación. Con esta curiosidad: si es exitosa se trasladará a los precios y dañará fuertemente los salarios, lo que llevará a un fuerte conflicto social. Si en cambio fracasa, tendrá a los precios y a los salarios en niveles nuevamente parejos, por lo cual habrá hecho todo este gasto en vano.

En otras palabras, el plan del hechicero patilludo parece perfecto: si su maxidevaluación es exitosa, causará estragos inenarrables en el salario de los trabajadores; si fracasa, el tesoro nacional habrá perdido en vano miles de piezas de oro, en interés de quién sabe qué oscuros intereses. Parece que esta vez, sí, los malos ganan. Pero a no desesperarnos; al final de esta primera entrega, Fernández nos brinda un rayo de esperanza: existe una posibilidad de evitar el abismo, de recuperar la armonía y la tranquilidad perdidas sin perder reservas ni tocar salarios. El problema es que esa solución requiere despertar a la enigmática monarca de esa Comarca idílica, que está momentáneamente hechizada por el malvado hechicero. Para la gente razonable, para los miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes que solo deja afuera a unos cuantos ultraconsevadores e izquierdistas irredimibles, la pregunta es cómo llegar a la bondadosa dama e informarle de los diabólicos planes del hechicero que ha tomado bajo su magnánima protección:

¿Cómo explicarle que lo contrario [del aprendiz de brujo] no son la derecha neoliberal ni los lobos de Wall Street? Porque ése es el gran truco que ha logrado instalar el ministro de las patillas…

¿Lograrán los bondadosos (pero algo tímidos) miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes despertar a la enigmática dama y convencerla del riesgo que se ciñe sobre la Comarca? ¿O acaso el malvado hechicero podrá llevar adelante sus planes diabólicos, dejando un legado de destrucción y muerte a su alrededor? En la mejor tradición de la épica hollywoodense, Fernandez nos plantea una historia de desenlace absolutamente imprevisible…

(Continuará… cuando vuelva de comprar dólares)

+á o Gilda

 

Hace unos días terminé de leer Why Dominant Parties Lose, un excelente libro sobre porqué el PRI mexicano logró sobrevivir por siete décadas –incluyendo dos serias crisis económicas en 1982 y 1994–, y por qué finalmente Fox triunfó en las elecciones de 2000. Pero más allá del caso mexicano, el libro da muchas ideas para pensar la política argentina, y entender por qué el kirchnerismo ha sido tan exitoso políticamente, a pesar de tantos errores no forzados.

El argumento central es que los partidos dominantes –o sea, los partidos que logran sostenerse en el gobierno por décadas celebrando elecciones razonablemente limpias, como la Democracia Cristiana en Italia, el LDP en Japón, o por supuesto el PRI– se sostienen en el poder por tres razones básicos. Primero, ocupan el centro del espectro político. Segundo, el control del aparato estatal les otorga un acceso privilegiado a recursos materiales con que otros partidos no cuentan. Y tercero, pueden recurrir al fraude o la violencia de manera selectiva para hacer más difícil el trabajo de la oposición.

Hasta acá, sólo una descripción acertada del kirchnerismo. Lo realmente original del argumento de Greene radica en cómo esa combinación de factores influencia las estrategias de la oposición. Normalmente, cuando el partido gobernante está ubicado en el centro del espectro político (y el kirchnerismo lo está, porque en Argentina el espacio político está corrido muy a la izquierda), entonces la oposición tiene incentivos para moverse al centro, como hizo el laborismo con Tony Blair en 1997, o la Alianza con la convertibilidad en 1999. Pero ello no es posible si el partido gobernante monopoliza el acceso a los recursos del estado,  porque eso le permite ofrecer algo que no está al alcance de la oposición. En consecuencia, los políticos opositores tienen dos alternativas: dejarse cooptar por el oficialismo, o diferenciarse moviéndose a los extremos. El problema es que sólo los políticos opositores con preferencias ideológicas muy intensas están dispuestos a irse a los extremos, y el resultado es que los votantes terminan considerando, con razón, que la oposición no es una alternativa de gobierno porque sus líderes son demasiado extremistas o demasiado intransigentes. 

En suma, el secreto de los partidos dominantes no radica en ocupar el centro del espacio político, sino en expulsar a la oposición hacia los extremos, lo que convierte al partido dominante en la única alternativa de gobierno “razonable”, lo que a su vez induce a la oposición a dejarse cooptar o irse a los extremos, etc. Y eso explica cuatro características centrales de la política argentina durante los últimos años. La primera es por qué la oposición parece congénitamente incapaz de ofrecer una alternativa política que sea a la vez distinta (i.e., alejada del centro) y viable (i.e., no tan lejos del centro). Segundo, da cuenta de por qué al kircherismo parece no irle tan mal cuando se acercan las elecciones: mucha gente a la que le gustaría votar contra el gobierno de repente encuentra que no hay muchas alternativas. Tercero, explica por qué la amenaza más seria al kirchnerismo proviene de un insider que entre otras cosas avaló la manipulación de estadísticas cuando fue jefe de gabinete –y por qué Massa  no se presenta como la oposición, sino como la continuación de “lo bueno” que hizo el gobierno. Y por último, da cuenta de por qué los candidatos del PRO, el único partido cuyos candidatos tienen ideas realmente distintas a las del resto, no hablan de política sino de rosarios y estampitas, o de lo buena onda que son. Para los que creemos que el país necesita una alternativa liberal, la mala noticia es que si no queremos +á de lo mismo, nos vamos a tener que seguir tragando a Gilda, a los globos, a las estampitas del Papa y al discurso insoportablemente qualunque de Gabriela Michetti.

La Sarlo schmittiana

Beatriz Sarlo está leyendo a su Carl Schmitt y su Chantal Mouffe: la política contiene un componente inevitable de disenso, y por mucha predisposición al diálogo que podamos mostrar, a la hora de la verdad siempre va a haber que tomar decisiones que favorezcan a algunos a expensas de otros. En la vida hay que elegir, como se dice por ahí.

Por supuesto, podemos optar por desplazar la ideología del debate público eligiendo candidatos (o pontífices; Sarlo también leyó a su Strauss) que resaltan su simpatía y “buena onda” en lugar de hablar de política o ideologías. Pero relegar la ideología no es hacerla desaparecer, e incluso puede resultar contraproducente, porque nos lleva a ignorar las inevitables posiciones ideológicas de los candidatos que votamos. Es como comprar vino fijándonos únicamente en la botella o la etiqueta –con el agregado que después tenemos que tomarnos hasta la última gota.

En ese punto, Sarlo tiene toda la razón. Pero aquellos que estamos a favor de un país más integrado al mundo y que queremos un mayor rol del mercado en la economía no podemos dejar de notar que el artículo de Sarlo enfrenta dos limitaciones importantes. En primer lugar, si Sarlo hubeira leído a un tipo que no sé si habrá leído a Schmitt pero conocía bien a Arrow (lo que viene a ser lo mismo), no podría dejar de notar que la política es multidimensional: el disenso político puede tomar múltiples formas, muchas de las cuales no tienen nada de ideológico. Como enseña el maestro Pierre, la oposición entre peronismo y antiperonismo es precisamente eso: un clivaje eminentemente político, pero basado en diferencias de forma y estilo antes que en diferencias políticas sustantivas. El peronismo representa a los pobres, pero no necesariamente su ideología y sus intereses, y lo mismo cabe decir del radicalismo y la clase media.

Más importante aún, la desaparición de la ideología del debate público obedece, en buena medida, a que en la Argentina de hoy hay una ideología hegemónica contra la cual ningún candidato quiere (ni puede) ir públicamente, porque dicha ideología ya está apropiada por el gobierno nacional. Como progresista no kirchnerista, Sarlo podrá señalar (con razón) que el kirchnerismo no ha implementado las ideas platónicas de dicho progresismo, sino unas sombras bastante difuminadas y a veces muy poco claras de las mismas. Pero los que somos un poco más aristotélicos no podemos dejar de reconocer que el kirchnerismo ha hecho mucho, dentro de lo políticamente posible, por implementar las políticas más caras al progresismo vernáculo: reivindicación de los organismos de derechos humanos, juicios a los militares, modelo económico heterodoxo, ruptura con el FMI, reestatización de YPF, Aerolíneas y las jubilaciones, discurso “contrahegemónico”, ley de medios, matrimonio igualitario, ley de muerte digna… Ha habido algunas contradicciones, por supuesto (ley de glaciares, hacerse los sotas en el tema de los qom, acuerdo con Chevron, nombramiento de Milani), ¡pero qué quieren! La política es así, se hace lo que se puede, y además, ¿qué progre no hubiera firmado con los ojos cerrados si antes de 2003 le hubieran ofrecido un gobierno que hiciera sólo el 50% de eso? En otras palabras: si sos Yupanqui no podés jugarle de igual a igual al Barcelona; tenés que ensuciar un poco el juego para que la diferencia se note menos. A los que no compramos el discurso hegemónico, en el fondo nos conviene que la ideología esté un poco relegada del debate público.

Frondizi y el festival de importaciones

“Import substitution proved to be an import-intensive activity.” (Carlos Díaz-Alejandro, “On the Import Intensity of Import Substitution”, Kyklos, 3, 1965)

La figura de Frondizi está sobrevalorada. Verlo como el gran estadista que tenía un plan viable para conducir al país por la senda del desarrollo, un plan que hubiera podido funcionar en la práctica si tan solo los militares le hubieran hecho menos planteos, es una afirmación sin demasiado asidero; la situación política y económica de Argentina a fines de los 50 era demasiado complicada como para ser resuelta por un solo hombre.

Es cierto, sin embargo, que de los personajes públicos que tuvieron poder de decisión entre 1955 y 1983, nadie comprendió mejor que Frondizi los límites del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) en que se habia embarcado el país. Dichos límites se resumen en la frase que abre este post: en Argentina, la sustitución de importaciones fue una actividad intensiva en importaciones, porque la industria nacional requería de insumos (hidrocarburos, acero, químicos, etc) que no se producían en el país. Así, cuanto más avanzaba la ISI, aumentando el salario real de los trabajadores, más aumentaba la demanda (indirecta) de productos importados. Un verdadero festival de importaciones:

An observation made by Alejandro neatly summarizes this situation: The income elasticity of Argentine demands for imports was 2.6, which meant that, when and if national income grew by one unit, it generated a demand for 2.6 units of imported goods; therefore, the foreign exchange position of the country was worsened by positive rates of growth. (Guillermo O’Donnell, Modernization and Bureaucratic Authoritarianism,  Berkeley, Institute of International Studies, 1979, p. 136)

De ahí que la meta del autoabastecimiento petrolífero fuera tan importante. Al contrario de lo que muchos piensan (pensábamos), el autoabastecimiento era clave no por cuestiones militares o “estratégicas”, sino porque reducía la demanda de divisas. Pero claro, el autoabastecimiento requería inversiones extranjeras, que a su vez dependían de autorizar a las empresas extranjeras a que “se lleven el petróleo” para venderlo afuera. Eso es algo que el Perón de 1952 y el Frondizi de 1958 comprendieron muy bien, pero que Axel “Seguridad Jurídica es una Palabra Horrible” Kicillof evidentemente no termina de entender.

Pero ojo, que eso tambien nos muestra los límites de un modelo sustitutivo de importaciones. Darle garantías a las empresas petroleras implica atar el precio interno del petróleo al internacional, lo que incide en el precio de los insumos de la industria local(*). Ahí está el talón de Aquiles de la ISI: una industria que requiere de protección para sobrevivir es improductiva, y por ende sólo puede sobrevivir si recibe transferencias de recursos desde otros sectores. En otras palabras, la ISI esta basada en la redistribución antes que en la creación de riqueza, y por ende no sorprende que  su capacidad de mejorar la calidad de vida en el largo plazo sea modesta.

De hecho, no es casual que los grandes “milagros” económicos del siglo XX, como Japón y los tigres asiáticos, se hayan basado en un modelo de exportación de productos industriales antes que en la sustitución de importaciones -incluso sin autoabastecimiento petrolero. La razón es que producir para exportar obliga a satisfacer al consumidor extranjero, lo que requiere una continua mejora de los precios y la calidad. Eso es justamente lo que estuvo ausente en la Argentina de la segunda mitad de siglo, y sigue faltando hoy.

(*) Aunque es cierto que la demanda de dolares puede ser menor, ya que parte de los insumos de las petroleras pasan a estar en pesos.

el arte de la herestética

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.” (Jorge Luis Borges, “El Sur”)

El gobierno maneja muy bien lo que el politólogo William Riker llamó herestética, es decir el arte de marcar la agenda, de plantear la discusión política en los términos más favorables para uno. Si la retórica consiste en el arte de persuadir a los demás de las propias posiciones, la herestética es la capacidad de “inclinar la cancha” para ganar el debate sin necesidad de convencer a nadie. El ejemplo perfecto es el lanzamiento del billete de Evita: a través del mismo, el gobierno logró mover el debate desde la inflación, donde sale perdiendo, a los méritos relativos de Roca y Eva Perón, donde la cosa está mucho más pareja. Un golazo de media cancha.

La contracara de la capacidad del gobierno para marcar la agenda es la nula capacidad de la oposición para introducir algún tema de debate que “prenda” en la gente. Más allá de la discusión sobre si la oposición es suficientemente crítica del kirchnerismo o no, lo que es grave es que ningún dirigente opositor sabe (o quiere) cómo decir algo que pase a estar en boca de todos y obligue al gobierno a responder. Como recientemente señalaba un amigo, limitarse a criticar sólo las peores barbaridades del kirchnerismo (como el Indec), o a proponer generalidades contra las que es imposible estar en desacuerdo (como que necesitamos más educación) no es en el fondo más que una forma de autocensura. Lo que necesitamos es un dirigente opositor que sea como Lanata, que sepa (y quiera) instalar temas en la agenda.

La comparación con Lanata es especialmente adecuada porque la paranoia con la que los kirchneristas respondieron al lanzamiento de Periodismo Para Todos muestra que el gobierno es muy consciente que su principal activo político es el control de la agenda. Además, los ataques que recibió Lanata también ilustran lo que le espera a cualquier dirigente opositor que logre instalar un tema incómodo para el gobierno. A nadie le gusta que lo critiquen, pero como lo muestra la historia del propio Néstor Kirchner, para triunfar en política muchas veces es necesario instalar temas nuevos, y eso implica recibir un vendaval de críticas. En los blogs y artículos kirchneristas es frecuente leer que la política es conflicto, que nunca es posible dejar contentos a todos. El gobierno se tomó el mensaje al pie de la letra. Sería bueno que los opositores empiecen a tomarlo en cuenta.

dime a cuánto lo pagaste y te diré cuánto lo valoras

El argumento intuitivo a favor de la economía de mercado es el de los incentivos: cuando un empresario necesita convencer a sus clientes para vender mas, la mejor alternativa es ofrecer aquello que los clientes demandan. Pero como la economia de mercado ofrece una ventaja adicional, menos intuitiva pero no por ello menos importante: su capacidad de brindar información sobre lo que la gente realmente valora. El punto es que cuando recibimos algo gratis, es dificil decidir cuanto lo valoramos realmente. Pensemos en los últimos regalos que recibimos: ¿hubiéramos pagado por ellos su precio de mercado? Generalmente, la respuesta es no.

El doctor Zafrullah Chowdhury (Dr. Zaf), un médico bangladesí que construyó y dirige un hospital dedicado a ayudar a los más pobres su país, aprendio esa lección “the hard way“. Aunque sus motivaciones son innegablemente altruistas (antes de regresar a Bangladesh trabajaba como médico en Gran Bretaña), Dr. Zaf no duda en cobrar una pequeña suma a sus pacientes. Como señala William Easterly en The White Man’s Burden (ver comentario acá),

He found that even the poor were willing to pay for good service. Charging the poor modest fees for health care -a notion that outrages… anti-globalization activists- is a way to increase accountaility for delivering health services. If the villagers don’t get good service after they have sacrificed to pay for it, they loudly complain. (p. 56)

El ejemplo viene a cuento no porque ilustra las virtudes del libre mercado, sino porque sugiere una forma de mejorar la calidad de los servicios públicos (hospitales, escuelas) en Argentina. Me pregunto si cobrar una pequeña tarifa por su uso no tendria efectos positivos en términos de mejorar su calidad, incluso sin realizar cambios estructurales en los mismos. Notese que no estoy hablando de privatización ni de arancelamiento; la tarifa sería mucho menor al precio de mercado del servicio en cuestión. El punto es cobrar algo, aunque sea muy poco, para que (a) la gente valore más lo que esta recibiendo, y (b) esté mas dispuesta a protestar y reclamar si el servicio es malo. En el caso de los más pobres, la Asignación Universal por Hijo podría incrementarse en el monto correspondiente.

¿Puede funcionar? No sé; el problema con los servicios públicos en Argentina es mucho más complejo que la falta de feedback o accountability. Pero tal vez se pueda hacer una prueba piloto en alguna(s) escuela(s) o algún hospital, y ver si la idea funciona.

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