dime a cuánto lo pagaste y te diré cuánto lo valoras

El argumento intuitivo a favor de la economía de mercado es el de los incentivos: cuando un empresario necesita convencer a sus clientes para vender mas, la mejor alternativa es ofrecer aquello que los clientes demandan. Pero como la economia de mercado ofrece una ventaja adicional, menos intuitiva pero no por ello menos importante: su capacidad de brindar información sobre lo que la gente realmente valora. El punto es que cuando recibimos algo gratis, es dificil decidir cuanto lo valoramos realmente. Pensemos en los últimos regalos que recibimos: ¿hubiéramos pagado por ellos su precio de mercado? Generalmente, la respuesta es no.

El doctor Zafrullah Chowdhury (Dr. Zaf), un médico bangladesí que construyó y dirige un hospital dedicado a ayudar a los más pobres su país, aprendio esa lección “the hard way“. Aunque sus motivaciones son innegablemente altruistas (antes de regresar a Bangladesh trabajaba como médico en Gran Bretaña), Dr. Zaf no duda en cobrar una pequeña suma a sus pacientes. Como señala William Easterly en The White Man’s Burden (ver comentario acá),

He found that even the poor were willing to pay for good service. Charging the poor modest fees for health care -a notion that outrages… anti-globalization activists- is a way to increase accountaility for delivering health services. If the villagers don’t get good service after they have sacrificed to pay for it, they loudly complain. (p. 56)

El ejemplo viene a cuento no porque ilustra las virtudes del libre mercado, sino porque sugiere una forma de mejorar la calidad de los servicios públicos (hospitales, escuelas) en Argentina. Me pregunto si cobrar una pequeña tarifa por su uso no tendria efectos positivos en términos de mejorar su calidad, incluso sin realizar cambios estructurales en los mismos. Notese que no estoy hablando de privatización ni de arancelamiento; la tarifa sería mucho menor al precio de mercado del servicio en cuestión. El punto es cobrar algo, aunque sea muy poco, para que (a) la gente valore más lo que esta recibiendo, y (b) esté mas dispuesta a protestar y reclamar si el servicio es malo. En el caso de los más pobres, la Asignación Universal por Hijo podría incrementarse en el monto correspondiente.

¿Puede funcionar? No sé; el problema con los servicios públicos en Argentina es mucho más complejo que la falta de feedback o accountability. Pero tal vez se pueda hacer una prueba piloto en alguna(s) escuela(s) o algún hospital, y ver si la idea funciona.

Anuncios

el problema es el antiperonismo

Estoy comenzando a leer The White Man’s Burden (algo así como “La Carga del Hombre Blanco”; la traducción suena pavorosa, lo sé), del gran William Easterly, el enfant terrible del mundo del desarrollo y la ayuda humanitaria. Aún no voy ni por la página 15 y el libro ofrece muchísima tela para cortar, así que estimo que pondré más comentarios en el futuro. Acá sólo quiero destacar que el libro ya me impactó porque pone en palabras algunas ideas medio gaseosas que ya vengo teniendo hace bastante sobre la forma en que la tradición liberal-republicana aborda el problema del peronismo.

Easterly es un economista que trabajó durante mucho tiempo en el Banco Mundial, tratando de combatir la pobreza en África. Se hizo famoso en 2001 con la publicación de The Elusive Quest for Growth. Economists’ Adventures and Misadventures in the Tropics (*), en donde argumenta que los reiterados fracasos de la comunidad internacional para ayudar a los países pobres de África no son consecuencia de la falta de voluntad o de recursos, ni del cinismo, ni de la mala suerte, sino de haber adoptado un paradigma equivocado. Justamente, The White Man’s Burden contrapone dos formas de encarar la ayuda humanitaria: la de los “Planificadores” (Planners) y la de los “Buscadores” (Searchers). Los primeros se fijan un objetivo ambicioso y motivador (eliminar la pobreza en diez años, digamos), y luego dedican tiempo, dinero y esfuerzo a lograr ese objetivo. Si las cosas no parecen estar funcionando, redoblan ese tiempo, dinero y esfuerzo, pero sin prestar mucha atención a por qué los resultados no llegan. Los Buscadores, en cambio, no se fijan objetivos; más bien, van al terreno a averiguar qué es lo que la gente quiere, y cómo es posible proveerlo. Easterly señala que el mercado funciona porque está lleno de Buscadores cuyo objetivo es satisfacer al cliente al menor costo posible. El argumento del libro es que la ayuda humanitaria sólo puede funcionar si está basada en un modelo de Buscadores y no, como hasta ahora, en uno de Planificadores. El problema con los Planificadores es que muchas veces gastan millones para comprar vacunas o redes contra los mosquitos, pero después no son capaces de hacer llegar esos bienes a quienes los necesitan. Los Buscadores, en cambio, van al terreno a ver cómo hacer para que la ayuda no termine en el mercado negro, siempre a través de un proceso de prueba y error.

Las reminiscencias hayekianas y sowellianas del argumento son evidentes, pero, ¿qué tiene todo esto que ver con el peronismo? Pues bien, leyendo el libro de Easterly noté que la forma en que los Planificadores encaran el tema de la pobreza en África es la misma en que en Argentina los miembros de la tradición liberal-republicana conciben (concebimos) la cuestión del peronismo: como un problema de ingeniería, es decir, como la forma más adecuada de organizar los medios para conseguir un objetivo prefijado, que no es otro que “derrotar”, “superar”, o “dejar atrás” al peronismo. Y es por eso mismo que los fracasos se van acumulando: porque el mismo objetivo de derrotar, superar o dejar atrás al otro presupone su exclusión como interlocutor válido, y por eso mismo sólo puede conducir a respuestas no menos excluyentes y tribales. Las críticas a los (muy reales) excesos y contradicciones de la tradición nac & pop encuentran eco entre los que están del lado propio, pero a la vez motivan la respuesta de los que están en la vereda de enfrente, con la consecuencia no deseada que la identidad que se pretende “dejar atrás” se fortalece en lugar de debilitarse.

En otras palabras, necesitamos un cambio de perspectiva. No se trata de superar, dejar atrás o acabar con el peronismo, sino de encontrar un terreno común con (algunos de) los que están del otro lado. Hay que tender puentes, no destruirlos. Más Urquiza y menos Mitre. Más Alberdi y menos Sarmiento (no olvidemos que el revisionismo histórico encuentra varias cosas rescatables en el primero y ninguna en el segundo, a pesar que el tucumano era en muchos sentidos mucho más liberal que el sanjuanino). Más cerca en el tiempo, tenemos al Alfonsín de 1983, que logró conseguir votos peronistas y romper con la famosa “ley de hierro” con un discurso innovador que no por eso dejaba de abrevar en lo mejor de la tradición liberal republicana (el valor de la democracia como procedimiento, el respeto por los derechos humanos). Hay mucho para criticar en lo que Alfonsín hizo luego (especialmente luego de dejar la presidencia), pero en ese momento dio en el clavo. En el fondo, el Alfonsín de 1983 fue un Buscador. Ése es el ejemplo que tenemos que seguir.

(*) Veo acá que este último libro está traducido al español. Ignoro a cuánto se consigue en Argentina –si es que se consigue.

el futuro ya llegó?

Muy interesante esta nota sobre la inserción laboral de los estudiantes de sistemas. El tema está alejado de las “grandes cuestiones” que hoy predominan en el debate público, tanto entre quieres están a favor como en contra del gobierno (de hecho, no me llamaría la atención que muchos lo consideren “banal”). Pero ése es su principal punto fuerte: que toca una serie de cuestiones que son olímpicamente ignoradas no sólo por el kirchnerismo, sino también por sus críticos de izquierda (que parecen pensar que con un kirchnerismo más prolijo estaríamos bien) y de derecha (que creen que con unas cuantas medidas “racionales” y liberalizadoras, si bien algo impopulares, alcanza). A saber:

1. La nota alude no tanto al pasado o al presente como al futuro, un tema ausente en la Argentina de hoy. En una sociedad cada vez más informatizada y mecanizada, los expertos en sistemas (y en estadística) van a ser los futuros médicos y abogados. A ellos corresponde ocupar el lugar que en la Inglaterra victoriana correspondió al ingeniero civil. Un tema que, además, no sólo toca a la Argentina, sino que se está discutiendo en todo el mundo.

2. Como lo ilustra la siguiente cita, cuando se trata de mejorar la calidad de vida, entendida en sentido amplio, la verdad de la milanesa es que el único camino pasa por ofrecer aquello que es valorado por otros (por supuesto, soy plenamente consciente que la cita toca otro debate que está generando olas fronteras afuera):

Dado que conseguir este tipo de profesionales es difícil, las firmas del sector se esfuerzan por conquistarlos y retenerlos. Por eso en esta industria es habitual que los empleados gocen de beneficios impensados en otros rubros, como días libres más allá de las vacaciones anuales, la posibilidad de vestir casual, disponer de lugares comunes con juegos y actividades para el esparcimiento, clases de yoga y sesiones semanales de masajes, por nombrar sólo algunos.

(Sólo falta agregar: ¡y sin necesidad de Moyanos!)

3. Pero sobre todo, la nota indica cómo resolver la cuadratura del círculo, es decir, encontrar una solución política al gran problema de la economía argentina: la coexistencia entre un sector agroexportador altamente competitivo (en términos relativos) y un sector industrial que no puede competir con el exterior ni en salarios ni en tecnología, y entonces reclama protección para poder pagar salarios altos a obreros poco productivos. El punto es que en Argentina no puede haber proyecto económico que sea políticamente viable si los salarios reales no son altos; y como la industria sustitutiva de importaciones está muy lejos de ofrecer tales salarios en una economía abierta, la única salida compatible con el desarrollo a largo plazo pasa por encontrar algún sector que pueda pagar salarios altos sin necesidad de protección. Dado el (todavía) elevado nivel educativo de la sociedad argentina, así como la presencia de clusters de innovación cultural de innegable dinamismo, está claro por dónde pasa la solución. Estaría bueno que empezáramos a ver más historias de este tipo, señalando que el futuro pasa por ahí y no por el embalaje de celulares prefabricados en Tierra del Fuego. (*)

 

(*) Vale notar que el desarrollo de una industria de este tipo ofrece una ventaja política adicional: como está basada en capital humano, que es altamente móvil, el margen de acción del gobierno para implementar políticas irracionales se ve notablemente reducido, porque los capitalistas pueden llevarse su capital consigo –en contraste con lo que sucede, por ejemplo, con los dueños de la tierra. Y el hecho que los productos electrónicos hoy estén al alcance de muchos (incluso en Argentina) significa que no sólo los privilegiados están en condiciones de adquirir ese capital humano que va a ser la llave de la prosperidad en el futuro. En otras palabras, el desarrollo de las industrias culturales y de software no solo es positiva desde el punto de vista económico, sino que también ofrece ventajas políticas y facilita la integración social, los dos principales problemas que enfrenta la Argentina de hoy.

el posmodernismo en la política

Para el posmodernismo, todo es discurso, y toda verdad es relativa; pero esa misma afirmación constituye una pieza de discurso, que por ende debe ser leída posmodernamente, es decir, irónicamente. Como señala Umberto Eco,

I think of the postmodern attitude as that of a man who loves a very cultivated woman and knows he cannot say to her, “I love you madly”, because he knows that she knows (and that she knows that he knows) that these words have already been written by Barbara Cartland. Still, there is a solution. He can say, “As Barbara Cartland would put it, I love you madly.” At this point, having avoided false innocence, having said clearly that it is no longer possible to speak innocently, he will nevertheless have said what he wanted to say to the woman: that he loves her, but loves her in an age of lost innocence. (Eco, Postscript to The Name of the Rose, London, Harcourt Brace Jovanovich, 1983/84, p. 67)

En otras palabras,  toda afirmación posmoderna encierra dos mensajes, uno obvio y visible, el otro irónico e implícito (y desencantado). En el ámbito de la política, ello es positivo porque pone un freno a las ideologías absolutistas que tanto daño hicieron durante el siglo XX: adoptar una actitud posmoderna no implica carecer de ideología, pero sí ser consciente de los límites de toda ideología y de todo proyecto político. Como Martín Caparrós viene repitiendo últimamente, el relato kirchnerista le parece muy lindo, pero por eso mismo él “no se lo puede creer”. En otras palabras, Caparrós es demasiado posmoderno para ser kirchnerista. Y lo mismo vale para Beatriz Sarlo, o para Pola Oloixarac.

Pero el discurso posmoderno en política también entraña riesgos, ya que nunca faltan los que toman la referencia a Barbara Cartland como una cita erudita, como una forma de realzar el valor de la expresión “I love you madly”. Como lo advierte el propio Eco,

Thus, with the modern, anyone who does not understand the game can only reject it, but with the postmodern, it is possible not to understand the game and yet to take it seriously… There is always somebody who takes ironic discourse seriously. I think that the collages of Picasso, Juan Gris, and Braque were modern: this is why normal people [sic] would not accept them. On the other hand, the collages of Max Ernst, who pasted together bits of nineteenth-century engravings, were postmodern: they can be read as fantastic stories, as the telling of dreams, without any awareness that they amount to a discussion of the nature of engraving, and perhaps even of collage (p. 68).

En el campo de la política, ello se traduce en los Horacio González, que son lo suficientemente inteligentes para advertir que el discurso posmoderno de que “todo es discurso” tiene una importante cuota de verdad (y si no, ahí tenemos a “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote“, o “La biblioteca de Babel”), pero no tanto como para advertir que esa cuota de verdad también se aplica al propio discurso posmoderno. Tomado en sentido literal, el posmodernismo en política conduce al mayor de los cinismos, porque el discurso del “todo es discurso” conduce a juzgar a todos (y a todas) exclusivamente por lo que dicen, y jamás por lo que hacen; al fin y al cabo, en un mundo donde todo es discurso, el “hacer” es un componente discursivo más, y por ende solo puede ser entendido y juzgado en términos discursivos. Se impone entonces la política de “lo que importa es la actitud”, la incesante competencia por posicionarse adecuadamente en términos del relato, que es, en definitiva, lo único que importa.

¿Kirchnerismo? No necesariamente; uno también puede pensar en los born again Christians del Partido Republicano, como se puede ver en este excelente post. Montoneros y fundamentalistas evangélicos tienen mucho, quizá demasiado, en común. Al fin y al cabo, una perspectiva posmoderna, para la cual el discurso es todo, no puede pasar por alto que las semejanzas estructurales en el plano discursivo son mucho más importantes que las innegables diferencias en el contenido de dicho discurso.

¿el ahorro no es progresista?

Finalmente, el Banco Central anunció la prohibición de vender dólares a particulares que quieran volcarlos al ahorro. Por supuesto, en lo inmediato la medida no va a cambiar absolutamente nada, ya que la prohibición de comprar dólares para atesoramiento en el mercado legal ya venía rigiendo de hecho desde hace un tiempo. Pero lo que me parece significativo (y preocupante) es el mensaje que se está transmitiendo: que el gobierno no sólo ve con malos ojos que la gente ahorre, sino que además va a hacer lo posible por evitar que ahorre. En otras palabras, en la Argentina de hoy, ahorrar es ilegal(*).

Eso debería preocupar, y mucho, a los progresistas. Porque, ¿es posible pensar en algún ideal más conservador que una sociedad sin ahorro? Todos sabemos que los pobres arrancan en una situación más desfavorable que el resto. ¿Cómo podemos pretender que lo reviertan si no es de a poco, y cómo pueden hacerlo de a poco si no pueden ahorrar? Salir de la pobreza es un proceso que toma tiempo: adquirir (o mejorar) la casa, expandir de a poco el negocio, ir adquiriendo los bienes que permiten una mejor calidad de vida, enviar a los hijos a la universidad para que se conviertan en profesionales. Salvo para los que tienen la suerte de ganarse la lotería o de jugar bien al fútbol, cada uno de estos pasos demanda tiempo, porque hay que ir juntando la plata de a poco, ahorrándola, hasta que sea suficiente para dar un (pequeño) salto. La historia de muchos argentinos de clase media que nunca fuimos pobres lo ilustra a la perfección: nuestros abuelos (y bisabuelos) llegaron pobres -muy pobres- de Europa, y salvo algunos que tuvieron la suerte de enriquecerse rápido, la mayoría pudo mejorar su situación sólo lentamente, tratando de ahorrar lo que se podía para que sus hijos pudieran ir a la universidad y acceder a una posición más acomodada. Exactamente lo mismo que hoy hacen millones de inmigrantes que abandonan sus países de origen para ir a conseguir trabajos que sus pares de otros países no quieren tomar, y así ahorrar para que sus hijos tengan una vida mejor que la de ellos.

En suma, sería bueno que en la Argentina se empiece a hablar un poco más de estas cosas. Que en lugar de hablar de la “igualdad”, el “mercado” y el “estado” en abstracto, empecemos a pensar un poco en el impacto de las políticas concretas que se están implementando, sobre todo en el largo plazo. Que dejemos de lado las etiquetas vacías (y fáciles) y empecemos a pensar un poco en cuestiones concretas. Si realmente queremos terminar con la pobreza, si realmente queremos vivir en un país más igual, tenemos que permitir que los de abajo puedan subir. No podemos ser tan caraduras de decirles que hacerlo es ilegal.

(*) Por supuesto, atesorar pesos es legal, pero no es ahorrar. Y sin duda existen algunos instrumentos legales de ahorro, pero los mismos sólo están al alcance de pocos. Para los argentinos pobres y no tan pobres (vg., Cristina Fernández de Kirchner), ahorrar es sinónimo de comprar dólares.