La Sarlo schmittiana

Beatriz Sarlo está leyendo a su Carl Schmitt y su Chantal Mouffe: la política contiene un componente inevitable de disenso, y por mucha predisposición al diálogo que podamos mostrar, a la hora de la verdad siempre va a haber que tomar decisiones que favorezcan a algunos a expensas de otros. En la vida hay que elegir, como se dice por ahí.

Por supuesto, podemos optar por desplazar la ideología del debate público eligiendo candidatos (o pontífices; Sarlo también leyó a su Strauss) que resaltan su simpatía y “buena onda” en lugar de hablar de política o ideologías. Pero relegar la ideología no es hacerla desaparecer, e incluso puede resultar contraproducente, porque nos lleva a ignorar las inevitables posiciones ideológicas de los candidatos que votamos. Es como comprar vino fijándonos únicamente en la botella o la etiqueta –con el agregado que después tenemos que tomarnos hasta la última gota.

En ese punto, Sarlo tiene toda la razón. Pero aquellos que estamos a favor de un país más integrado al mundo y que queremos un mayor rol del mercado en la economía no podemos dejar de notar que el artículo de Sarlo enfrenta dos limitaciones importantes. En primer lugar, si Sarlo hubeira leído a un tipo que no sé si habrá leído a Schmitt pero conocía bien a Arrow (lo que viene a ser lo mismo), no podría dejar de notar que la política es multidimensional: el disenso político puede tomar múltiples formas, muchas de las cuales no tienen nada de ideológico. Como enseña el maestro Pierre, la oposición entre peronismo y antiperonismo es precisamente eso: un clivaje eminentemente político, pero basado en diferencias de forma y estilo antes que en diferencias políticas sustantivas. El peronismo representa a los pobres, pero no necesariamente su ideología y sus intereses, y lo mismo cabe decir del radicalismo y la clase media.

Más importante aún, la desaparición de la ideología del debate público obedece, en buena medida, a que en la Argentina de hoy hay una ideología hegemónica contra la cual ningún candidato quiere (ni puede) ir públicamente, porque dicha ideología ya está apropiada por el gobierno nacional. Como progresista no kirchnerista, Sarlo podrá señalar (con razón) que el kirchnerismo no ha implementado las ideas platónicas de dicho progresismo, sino unas sombras bastante difuminadas y a veces muy poco claras de las mismas. Pero los que somos un poco más aristotélicos no podemos dejar de reconocer que el kirchnerismo ha hecho mucho, dentro de lo políticamente posible, por implementar las políticas más caras al progresismo vernáculo: reivindicación de los organismos de derechos humanos, juicios a los militares, modelo económico heterodoxo, ruptura con el FMI, reestatización de YPF, Aerolíneas y las jubilaciones, discurso “contrahegemónico”, ley de medios, matrimonio igualitario, ley de muerte digna… Ha habido algunas contradicciones, por supuesto (ley de glaciares, hacerse los sotas en el tema de los qom, acuerdo con Chevron, nombramiento de Milani), ¡pero qué quieren! La política es así, se hace lo que se puede, y además, ¿qué progre no hubiera firmado con los ojos cerrados si antes de 2003 le hubieran ofrecido un gobierno que hiciera sólo el 50% de eso? En otras palabras: si sos Yupanqui no podés jugarle de igual a igual al Barcelona; tenés que ensuciar un poco el juego para que la diferencia se note menos. A los que no compramos el discurso hegemónico, en el fondo nos conviene que la ideología esté un poco relegada del debate público.