Gracias, Carlitos

Me refiero a Carlos Bianchi, y el agradecimiento es por habernos enseñado cómo jugar la Libertadores; a los otros dos Carlos que lo merecen ya les corresponderá su post de agradecimiento.

Desde 2000, el record de Boca en la Copa es asombroso. Boca participó en 11 de 15 ediciones, llegando a la final en 6 ocasiones (55%); siempre pasó la primera fase, y sólo una vez se quedó en octavos de final (en 2009, contra Defensor Sporting). En otras palabras, Boca jugó los cuartos de final de dos de cada tres copas disputadas entre 2000 y 2014, y pasó en 6 de 7 semifinales (86%). Para poner esos números en contexto, de los otros 10 equipos que participaron en 9 o más ediciones,* únicamente Peñarol llegó a la final, en 2011 (perdió con Santos). Además de Boca, sólo Inter de Porto Alegre (ganó 2 de 2), Sao Paulo, Santos y Olimpia (1 de 2) llegaron a la final más de una vez.

Una forma de examinar esos números con un poco más de rigor es estimar la probabilidad de que un equipo llegue a una determinada instancia (Final, Semi, Cuartos, etc) dadas ciertas variables, como su desempeño en la primera fase o su país de origen. Para ver si ése es el caso, estimé una serie de modelos probit ordenados donde la variable dependiente es la posición en que cada equipo terminó en cada Copa (Campeón, Subcampeón, Semifinal, Cuartos u Octavos). La muestra comprende todos aquellos equipos que llegaron a octavos de final.

Los modelos 1-3 muestran que los equipos a los que les va bien en la primera fase generalmente llegan más lejos, y que el total de puntos obtenidos es más importante que ganar el grupo. Por supuesto, ambas variables están correlacionadas–en promedio, el primero del grupo le saca tres puntos al segundo–, pero a los mejores primeros (y, presumiblemente, a los mejores segundos) les suele ir mejor. El modelo 4 muestra que incluso controlando por la cantidad de puntos obtenidos en la primera fase, los equipos argentinos y brasileños son más fuertes que el resto–lo que es esperable si consideramos que casi 3 de cada 4 finalistas (22 de 30, ó 73%) vienen de Argentina o Brasil. Sin embargo, el último modelo revela que más que un “efecto Argentina”, lo que hay es un “efecto Boca”: cuando incluimos un dummy para Boca, los equipos argentinos ya no son tan buenos en comparación al resto, pero Boca sí lo es.

TablaGraciasCarlitos

El gráfico de abajo ilustra la magnitude de ese efecto. Las barras indican la probabilidad de que distintos equipos lleguen a una determinada instancia de la Libertadores, dependiendo de su país de origen y el número de puntos obtenidos en la primera fase. Podemos apreciar cómo los equipos que no son argentinos ni brasileños (y los argentinos que pasan con sólo 10 puntos) tienen muchas probabilidades de quedarse afuera en Octavos; asimismo, la diferencia entre un equipo brasileño y uno argentino que no sea Boca es de alrededor de 3 puntos. Pero nada se compara con el Boca post-Bianchi, cuya probabilidad de ganar la final es la misma que la de un equipo brasileño de llegar a semifinales–y ni hablemos de pasar las primeras dos fases.

BocaLibertadores

(*) Los otros equipos que participaron en 9 ó más ediciones son Nacional de Montevideo (15), Cerro Porteño y Libertad de Paraguay (11), Bolívar, Emelec, River, Vélez (10), Caracas, Peñarol y The Strongest (9).

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Yo tengo un plan para Francisco

La provincia de Buenos Aires está triplemente maldita: (a) con el 38.9% de la población, es por lejos el distrito más poblado del país (la provincia que le sigue, Córdoba, es 4.7 veces más chica); (b) recibe mucho menos recursos nacionales de los que debería: entre 1983 y 2010 las transferencias automáticas de la nación promediaron US$158 per capita por año (a precios de 2005), prácticamente dos tercios menos que el resto de las provincias (US$493, ó US$513 si no contamos a la CABA); y (c) está enormemente subrepresentada en el Congreso Nacional: en Diputados tiene casi 30 legisladores menos de los que le corresponderían por población, y ni hablemos del Senado, donde todas las provincias tienen igual cantidad de representantes.

La combinación de esos tres factores genera una serie de incentivos perversos. (a) significa que el gobernador de Buenos Aires es un presidenciable natural, ergo un rival del presidente de turno. Por eso las relaciones entre ambos son como mínimo tensas, incluso si pertenecen al mismo partido: pasó con Avellaneda y Tejedor, con Yrigoyen y Crotto, con Perón y Mercante, con Menem y Duhalde, y ahora con Cristina y Scioli. (b) implica que el gobernador de la provincia cuenta con muchos menos recursos que sus pares de otros distritos, de ahí los esfuerzos de Montoya por cobrar impuestos provinciales como sea. Y una combinación de (a) y (c) induce a los gobernadores a no reclamar una revisión integral del sistema de coparticipación, a pesar que la provincia es la que más pierde con el sistema.* Por un lado, (c) significa que la capacidad de los legisladores bonaerenses de presionar por más recursos para su provincia es relativamente limitada. Por otro, un candidato a presidente que salga a pedir en público que las otras provincias resignen plata en favor de Buenos Aires no sólo se va a poner a todos los otros gobernadores en contra, tampoco va a poder sumar muchos votos fuera de su distrito. Y armar una coalición con otras provincias es inviable porque el gobernador de Buenos Aires no puede comprometerse a no convertirse en la parte dominante de dicha coalición.

La solución al problema sería un gobernador que no quiera, o mejor aún no pueda, ser candidato a presidente en el futuro. Un gobernador semejante tendría una mejor relación con el presidente de turno, y la presión de no tener que buscar votos en el resto del país le permitiría dedicarse a presionar por una revisión integral del sistema de coparticipación. Pues bien, ese candidato existe: es el Francisco que no le hace asco al dinero. Por ser colombiano, De Narváez puede alegar, creíblemente, que no va a ser candidato a presidente en 2019 ni en 2023. Pero en un contexto donde los jueces son estratégicos y la jurisprudencia no es clara, haber nacido en Colombia no es suficiente. De ahí mi plan: en lugar de presentarse a la gobernación, ganar, y luego presionar para que la justicia le deje competir por la presidencia, De Narváez tiene que lanzar una candidatura presidencial ahora y apelar hasta que la Corte Suprema le niegue el derecho a presentarse. Recién ahí toca bajarse a la gobernación, y centrar su campaña en que, en tanto no presidenciable, va a estar en mejor situación de defender los intereses de los bonaerenses.

(*) La Ciudad de Buenos Aires recibe aún menos recursos de forma directa, pero como es la sede del gobierno nacional y el distrito más rico del país, el problema es menos grave.