Yo tengo un plan para Francisco

La provincia de Buenos Aires está triplemente maldita: (a) con el 38.9% de la población, es por lejos el distrito más poblado del país (la provincia que le sigue, Córdoba, es 4.7 veces más chica); (b) recibe mucho menos recursos nacionales de los que debería: entre 1983 y 2010 las transferencias automáticas de la nación promediaron US$158 per capita por año (a precios de 2005), prácticamente dos tercios menos que el resto de las provincias (US$493, ó US$513 si no contamos a la CABA); y (c) está enormemente subrepresentada en el Congreso Nacional: en Diputados tiene casi 30 legisladores menos de los que le corresponderían por población, y ni hablemos del Senado, donde todas las provincias tienen igual cantidad de representantes.

La combinación de esos tres factores genera una serie de incentivos perversos. (a) significa que el gobernador de Buenos Aires es un presidenciable natural, ergo un rival del presidente de turno. Por eso las relaciones entre ambos son como mínimo tensas, incluso si pertenecen al mismo partido: pasó con Avellaneda y Tejedor, con Yrigoyen y Crotto, con Perón y Mercante, con Menem y Duhalde, y ahora con Cristina y Scioli. (b) implica que el gobernador de la provincia cuenta con muchos menos recursos que sus pares de otros distritos, de ahí los esfuerzos de Montoya por cobrar impuestos provinciales como sea. Y una combinación de (a) y (c) induce a los gobernadores a no reclamar una revisión integral del sistema de coparticipación, a pesar que la provincia es la que más pierde con el sistema.* Por un lado, (c) significa que la capacidad de los legisladores bonaerenses de presionar por más recursos para su provincia es relativamente limitada. Por otro, un candidato a presidente que salga a pedir en público que las otras provincias resignen plata en favor de Buenos Aires no sólo se va a poner a todos los otros gobernadores en contra, tampoco va a poder sumar muchos votos fuera de su distrito. Y armar una coalición con otras provincias es inviable porque el gobernador de Buenos Aires no puede comprometerse a no convertirse en la parte dominante de dicha coalición.

La solución al problema sería un gobernador que no quiera, o mejor aún no pueda, ser candidato a presidente en el futuro. Un gobernador semejante tendría una mejor relación con el presidente de turno, y la presión de no tener que buscar votos en el resto del país le permitiría dedicarse a presionar por una revisión integral del sistema de coparticipación. Pues bien, ese candidato existe: es el Francisco que no le hace asco al dinero. Por ser colombiano, De Narváez puede alegar, creíblemente, que no va a ser candidato a presidente en 2019 ni en 2023. Pero en un contexto donde los jueces son estratégicos y la jurisprudencia no es clara, haber nacido en Colombia no es suficiente. De ahí mi plan: en lugar de presentarse a la gobernación, ganar, y luego presionar para que la justicia le deje competir por la presidencia, De Narváez tiene que lanzar una candidatura presidencial ahora y apelar hasta que la Corte Suprema le niegue el derecho a presentarse. Recién ahí toca bajarse a la gobernación, y centrar su campaña en que, en tanto no presidenciable, va a estar en mejor situación de defender los intereses de los bonaerenses.

(*) La Ciudad de Buenos Aires recibe aún menos recursos de forma directa, pero como es la sede del gobierno nacional y el distrito más rico del país, el problema es menos grave.

¿Cómo se lo decimos a Fernández?

Hoy es un gran día para la literatura argentina. Jorge Fernández Díaz, uno de los tantos escritores al que el gobierno excluyó del Salón del Libro de París por sus inclinaciones opositoras, se desquita de la mejor manera. En lugar de quejarse por la injusticia de la exclusión, decide regalarnos una gran pieza de ficción, un drama que combina la noble tradición del folletín con los todos los ingredientes de un Blockbuster hollywoodense.

La historia transcurre en un país de gente buena y generalmente razonable. Dice Fernández:

Hay un enorme consenso nacional … superávit fiscal y comercial, peso competitivo, ahorro de reservas, economía mixta con un Estado presente y, a la vez, con un ágil clima de negocios, política exterior independiente, pero no aislada, confluencia entre el campo y la industria, y seguridad jurídica. Un desarrollismo sano que radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes estarían dispuestos a suscribir. Sólo quedan fuera de estos anhelos sensatos sectores ultraconservadores en una punta e izquierdismos radicalizados en la otra: esas franjas extremas no representan hoy a casi nadie.

(El lector que no pueda creer que la literatura nacional sea capaz de alcanzar semejantes cotas de perfección puede chequear que Fernández no está solo.)

Pero claro, en una historia que comienza tan bien, no puede faltar un Malo que rompa con este clima idílico. En este caso, se trata de un oscuro hechicero de largas patillas, un aprendiz de brujo cuyo oscuro pasado ya daba para sospechar:

[El aprendiz de brujo], que ya había convalidado el cepo y un blanqueo que ni los narcos se atrevieron a aceptar, propuso esta vez una maxidevaluación. Con esta curiosidad: si es exitosa se trasladará a los precios y dañará fuertemente los salarios, lo que llevará a un fuerte conflicto social. Si en cambio fracasa, tendrá a los precios y a los salarios en niveles nuevamente parejos, por lo cual habrá hecho todo este gasto en vano.

En otras palabras, el plan del hechicero patilludo parece perfecto: si su maxidevaluación es exitosa, causará estragos inenarrables en el salario de los trabajadores; si fracasa, el tesoro nacional habrá perdido en vano miles de piezas de oro, en interés de quién sabe qué oscuros intereses. Parece que esta vez, sí, los malos ganan. Pero a no desesperarnos; al final de esta primera entrega, Fernández nos brinda un rayo de esperanza: existe una posibilidad de evitar el abismo, de recuperar la armonía y la tranquilidad perdidas sin perder reservas ni tocar salarios. El problema es que esa solución requiere despertar a la enigmática monarca de esa Comarca idílica, que está momentáneamente hechizada por el malvado hechicero. Para la gente razonable, para los miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes que solo deja afuera a unos cuantos ultraconsevadores e izquierdistas irredimibles, la pregunta es cómo llegar a la bondadosa dama e informarle de los diabólicos planes del hechicero que ha tomado bajo su magnánima protección:

¿Cómo explicarle que lo contrario [del aprendiz de brujo] no son la derecha neoliberal ni los lobos de Wall Street? Porque ése es el gran truco que ha logrado instalar el ministro de las patillas…

¿Lograrán los bondadosos (pero algo tímidos) miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes despertar a la enigmática dama y convencerla del riesgo que se ciñe sobre la Comarca? ¿O acaso el malvado hechicero podrá llevar adelante sus planes diabólicos, dejando un legado de destrucción y muerte a su alrededor? En la mejor tradición de la épica hollywoodense, Fernandez nos plantea una historia de desenlace absolutamente imprevisible…

(Continuará… cuando vuelva de comprar dólares)

Frondizi y el festival de importaciones

“Import substitution proved to be an import-intensive activity.” (Carlos Díaz-Alejandro, “On the Import Intensity of Import Substitution”, Kyklos, 3, 1965)

La figura de Frondizi está sobrevalorada. Verlo como el gran estadista que tenía un plan viable para conducir al país por la senda del desarrollo, un plan que hubiera podido funcionar en la práctica si tan solo los militares le hubieran hecho menos planteos, es una afirmación sin demasiado asidero; la situación política y económica de Argentina a fines de los 50 era demasiado complicada como para ser resuelta por un solo hombre.

Es cierto, sin embargo, que de los personajes públicos que tuvieron poder de decisión entre 1955 y 1983, nadie comprendió mejor que Frondizi los límites del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) en que se habia embarcado el país. Dichos límites se resumen en la frase que abre este post: en Argentina, la sustitución de importaciones fue una actividad intensiva en importaciones, porque la industria nacional requería de insumos (hidrocarburos, acero, químicos, etc) que no se producían en el país. Así, cuanto más avanzaba la ISI, aumentando el salario real de los trabajadores, más aumentaba la demanda (indirecta) de productos importados. Un verdadero festival de importaciones:

An observation made by Alejandro neatly summarizes this situation: The income elasticity of Argentine demands for imports was 2.6, which meant that, when and if national income grew by one unit, it generated a demand for 2.6 units of imported goods; therefore, the foreign exchange position of the country was worsened by positive rates of growth. (Guillermo O’Donnell, Modernization and Bureaucratic Authoritarianism,  Berkeley, Institute of International Studies, 1979, p. 136)

De ahí que la meta del autoabastecimiento petrolífero fuera tan importante. Al contrario de lo que muchos piensan (pensábamos), el autoabastecimiento era clave no por cuestiones militares o “estratégicas”, sino porque reducía la demanda de divisas. Pero claro, el autoabastecimiento requería inversiones extranjeras, que a su vez dependían de autorizar a las empresas extranjeras a que “se lleven el petróleo” para venderlo afuera. Eso es algo que el Perón de 1952 y el Frondizi de 1958 comprendieron muy bien, pero que Axel “Seguridad Jurídica es una Palabra Horrible” Kicillof evidentemente no termina de entender.

Pero ojo, que eso tambien nos muestra los límites de un modelo sustitutivo de importaciones. Darle garantías a las empresas petroleras implica atar el precio interno del petróleo al internacional, lo que incide en el precio de los insumos de la industria local(*). Ahí está el talón de Aquiles de la ISI: una industria que requiere de protección para sobrevivir es improductiva, y por ende sólo puede sobrevivir si recibe transferencias de recursos desde otros sectores. En otras palabras, la ISI esta basada en la redistribución antes que en la creación de riqueza, y por ende no sorprende que  su capacidad de mejorar la calidad de vida en el largo plazo sea modesta.

De hecho, no es casual que los grandes “milagros” económicos del siglo XX, como Japón y los tigres asiáticos, se hayan basado en un modelo de exportación de productos industriales antes que en la sustitución de importaciones -incluso sin autoabastecimiento petrolero. La razón es que producir para exportar obliga a satisfacer al consumidor extranjero, lo que requiere una continua mejora de los precios y la calidad. Eso es justamente lo que estuvo ausente en la Argentina de la segunda mitad de siglo, y sigue faltando hoy.

(*) Aunque es cierto que la demanda de dolares puede ser menor, ya que parte de los insumos de las petroleras pasan a estar en pesos.

el futuro ya llegó?

Muy interesante esta nota sobre la inserción laboral de los estudiantes de sistemas. El tema está alejado de las “grandes cuestiones” que hoy predominan en el debate público, tanto entre quieres están a favor como en contra del gobierno (de hecho, no me llamaría la atención que muchos lo consideren “banal”). Pero ése es su principal punto fuerte: que toca una serie de cuestiones que son olímpicamente ignoradas no sólo por el kirchnerismo, sino también por sus críticos de izquierda (que parecen pensar que con un kirchnerismo más prolijo estaríamos bien) y de derecha (que creen que con unas cuantas medidas “racionales” y liberalizadoras, si bien algo impopulares, alcanza). A saber:

1. La nota alude no tanto al pasado o al presente como al futuro, un tema ausente en la Argentina de hoy. En una sociedad cada vez más informatizada y mecanizada, los expertos en sistemas (y en estadística) van a ser los futuros médicos y abogados. A ellos corresponde ocupar el lugar que en la Inglaterra victoriana correspondió al ingeniero civil. Un tema que, además, no sólo toca a la Argentina, sino que se está discutiendo en todo el mundo.

2. Como lo ilustra la siguiente cita, cuando se trata de mejorar la calidad de vida, entendida en sentido amplio, la verdad de la milanesa es que el único camino pasa por ofrecer aquello que es valorado por otros (por supuesto, soy plenamente consciente que la cita toca otro debate que está generando olas fronteras afuera):

Dado que conseguir este tipo de profesionales es difícil, las firmas del sector se esfuerzan por conquistarlos y retenerlos. Por eso en esta industria es habitual que los empleados gocen de beneficios impensados en otros rubros, como días libres más allá de las vacaciones anuales, la posibilidad de vestir casual, disponer de lugares comunes con juegos y actividades para el esparcimiento, clases de yoga y sesiones semanales de masajes, por nombrar sólo algunos.

(Sólo falta agregar: ¡y sin necesidad de Moyanos!)

3. Pero sobre todo, la nota indica cómo resolver la cuadratura del círculo, es decir, encontrar una solución política al gran problema de la economía argentina: la coexistencia entre un sector agroexportador altamente competitivo (en términos relativos) y un sector industrial que no puede competir con el exterior ni en salarios ni en tecnología, y entonces reclama protección para poder pagar salarios altos a obreros poco productivos. El punto es que en Argentina no puede haber proyecto económico que sea políticamente viable si los salarios reales no son altos; y como la industria sustitutiva de importaciones está muy lejos de ofrecer tales salarios en una economía abierta, la única salida compatible con el desarrollo a largo plazo pasa por encontrar algún sector que pueda pagar salarios altos sin necesidad de protección. Dado el (todavía) elevado nivel educativo de la sociedad argentina, así como la presencia de clusters de innovación cultural de innegable dinamismo, está claro por dónde pasa la solución. Estaría bueno que empezáramos a ver más historias de este tipo, señalando que el futuro pasa por ahí y no por el embalaje de celulares prefabricados en Tierra del Fuego. (*)

 

(*) Vale notar que el desarrollo de una industria de este tipo ofrece una ventaja política adicional: como está basada en capital humano, que es altamente móvil, el margen de acción del gobierno para implementar políticas irracionales se ve notablemente reducido, porque los capitalistas pueden llevarse su capital consigo –en contraste con lo que sucede, por ejemplo, con los dueños de la tierra. Y el hecho que los productos electrónicos hoy estén al alcance de muchos (incluso en Argentina) significa que no sólo los privilegiados están en condiciones de adquirir ese capital humano que va a ser la llave de la prosperidad en el futuro. En otras palabras, el desarrollo de las industrias culturales y de software no solo es positiva desde el punto de vista económico, sino que también ofrece ventajas políticas y facilita la integración social, los dos principales problemas que enfrenta la Argentina de hoy.

¿el ahorro no es progresista?

Finalmente, el Banco Central anunció la prohibición de vender dólares a particulares que quieran volcarlos al ahorro. Por supuesto, en lo inmediato la medida no va a cambiar absolutamente nada, ya que la prohibición de comprar dólares para atesoramiento en el mercado legal ya venía rigiendo de hecho desde hace un tiempo. Pero lo que me parece significativo (y preocupante) es el mensaje que se está transmitiendo: que el gobierno no sólo ve con malos ojos que la gente ahorre, sino que además va a hacer lo posible por evitar que ahorre. En otras palabras, en la Argentina de hoy, ahorrar es ilegal(*).

Eso debería preocupar, y mucho, a los progresistas. Porque, ¿es posible pensar en algún ideal más conservador que una sociedad sin ahorro? Todos sabemos que los pobres arrancan en una situación más desfavorable que el resto. ¿Cómo podemos pretender que lo reviertan si no es de a poco, y cómo pueden hacerlo de a poco si no pueden ahorrar? Salir de la pobreza es un proceso que toma tiempo: adquirir (o mejorar) la casa, expandir de a poco el negocio, ir adquiriendo los bienes que permiten una mejor calidad de vida, enviar a los hijos a la universidad para que se conviertan en profesionales. Salvo para los que tienen la suerte de ganarse la lotería o de jugar bien al fútbol, cada uno de estos pasos demanda tiempo, porque hay que ir juntando la plata de a poco, ahorrándola, hasta que sea suficiente para dar un (pequeño) salto. La historia de muchos argentinos de clase media que nunca fuimos pobres lo ilustra a la perfección: nuestros abuelos (y bisabuelos) llegaron pobres -muy pobres- de Europa, y salvo algunos que tuvieron la suerte de enriquecerse rápido, la mayoría pudo mejorar su situación sólo lentamente, tratando de ahorrar lo que se podía para que sus hijos pudieran ir a la universidad y acceder a una posición más acomodada. Exactamente lo mismo que hoy hacen millones de inmigrantes que abandonan sus países de origen para ir a conseguir trabajos que sus pares de otros países no quieren tomar, y así ahorrar para que sus hijos tengan una vida mejor que la de ellos.

En suma, sería bueno que en la Argentina se empiece a hablar un poco más de estas cosas. Que en lugar de hablar de la “igualdad”, el “mercado” y el “estado” en abstracto, empecemos a pensar un poco en el impacto de las políticas concretas que se están implementando, sobre todo en el largo plazo. Que dejemos de lado las etiquetas vacías (y fáciles) y empecemos a pensar un poco en cuestiones concretas. Si realmente queremos terminar con la pobreza, si realmente queremos vivir en un país más igual, tenemos que permitir que los de abajo puedan subir. No podemos ser tan caraduras de decirles que hacerlo es ilegal.

(*) Por supuesto, atesorar pesos es legal, pero no es ahorrar. Y sin duda existen algunos instrumentos legales de ahorro, pero los mismos sólo están al alcance de pocos. Para los argentinos pobres y no tan pobres (vg., Cristina Fernández de Kirchner), ahorrar es sinónimo de comprar dólares.

palabras horribles

La construcción experimenta su mayor caída desde la crisis de 2001-02 (según datos del Indec, no de Clarín). Cierre de frigoríficos en La Pampa por falta de ganado para faenar y exportar a la UE (cuota Hilton). Despidos en Conarpesa. Suspensiones en McCain y en Renault y cese de actividades en las aceituneras de La Rioja porque, muy comprensiblemente, Brasil traba las exportaciones argentinas en represalia a las medidas de Moreno. De hecho, algunos industriales brasileños que anuncian “el fin del Mercosur”, en el fondo sino en las formas.

Sí, ahora están negociando con Brasil para levantar las trabas -pero el acuerdo sería sólo de palabra. O sea, tanto Moreno como los brasileños podrían incumplirlo sin necesidad de informarlo oficialmente, recurriendo a expedientes como demorar los trámites aduaneros o ponerse duro con los requisitos fitosanitarios. Esperemos que la experiencia sirva para que Kicillof aprenda que “seguridad jurídica” y “clima de negocios” no son palabras tan horribles después de todo. Pero la lección más importante es otra: importaciones y exportaciones son dos caras de la misma moneda. La economía no es un partido de fútbol donde el objetivo es hacer más goles de los que uno recibe. En otras palabras, si cerramos las importaciones para que no se lleven los dólares, nos van a pagar con la misma moneda. Peor aún, nadie va a querer celebrar contratos con los empresarios argentinos porque los empresarios argentinos se podrían ver imposibilitados de cumplirlos. Y si se celebran, el “riesgo argentino” se va a traducir en menores precios -en otras palabras, en menos dólares.

No creo que los funcionarios del actual gobierno estén a tiempo de aprender. Pero sería bueno que algunos de quienes piensan que la economía es una lucha por aumentar exportaciones y disminuir importaciones empiecen a revisar sus premisas.

el club de los gobernadores en versión alemana

En un paper de Hans Pitlik, Friedrich Schneider y Harald Strotman sobre el federalismo fiscal en Alemania, leemos que

… informal decision making is characterized by a systematic coordination among executive federal and state level actors. Important policy issues concerning both federal and state interests are dealt with at joint conferences of state Minister Presidents and federal government members (Rudolf 1990).

 

es la política, estúpido!

Imposible no sentir un deja vu con la lectura de este articulo. Por ejemplo, los autores notan que

The Eurozone crisis is at its root not a fiscal or banking crisis, but a crisis of competitiveness hatched over about 15 years, and reflected in large differences in labour cost, export performance, and balance of payments between the periphery and the core, notably Germany (Dadush et al. 2010). Accordingly, fiscal and banking remedies, while badly needed, will not – by themselves – durably resolve the crisis.

Y la solucion propuesta no podria sonar mas familiar:

What to do? Spain and Italy can no longer devalue nor use independent monetary policy or trade policy (at least in goods). But they can undertake domestic reforms that make them more attractive as an export base and help them attract foreign investment. These range from easing regulations, increasing competition among domestic suppliers in all sectors, encouraging lower wage settlements beginning in the public sector, shifting the tax burden from payrolls onto consumption, facilitating trade through infrastructure investments, reduction of red tape, export credit, export promotion, and encouraging inward foreign investment.

Técnicamente, impecable; no podría estar más de acuerdo con el análisis. Pero la experiencia argentina y la griega muestran que la salida de la “devaluación interna” tiende a ser muy difícil de vender políticamente, incluso cuando el tipo de cambio fijo es muy popular y los costos de salida son catastróficos. Letonia parece ofrecer una excepción, pero hasta el momento Grecia (e Italia y España) parece mas destinada a seguir la parábola del 2001.

Es una lástima, porque sería muy bueno que los tipos de cambio fijos pudieran funcionar como una camisa de fuerza que obligue a los políticos a implementar reformas que resulta mas fácil posponer con una devaluación. Pero, ¿por qué? El caso de Letonia parece desmentir los argumentos basados en la homogeneidad social o la confianza en el sistema político. ¿Escasa información sobre los costos del ajuste? No creo, para Letonia devaluar hubiera sido mucho menos costoso que para Argentina (¿se acuerdan que hasta el instante final la alternativa devaluadora era inconcebible en el debate público?), o de lo que será para Grecia.

Pero hay dos argumentos que me parece interesante explorar. Uno es la existencia de vested interests con poder de veto sobre reformas “en serio” que hubieran podido salvar el sistema. En Argentina teníamos a los gobernadores y a los sindicalistas, y tengo entendido que en Grecia (y en España y en Italia) también hay poderosos actores con poder de veto sobre las reformas que habría que hacer. Estaría bueno saber si esos actores están ausentes en Letonia.

El otro argumento tiene que ver con el relato. Para un economista es fácil entender el argumento en pos de una devaluación interna; para el público en general, no. No veo razones para que el pueblo letón sea mas versado en economía que el griego o el argentino, pero si para que los políticos letones hayan sido mas exitosos en ofrecer un intercambio favorable: devaluación interna hoy a cambio de entrada en el euro mañana, algo que puede ser captado con bastante facilidad por los votantes. En Argentina, nunca vimos una opción semejante: recordemos que cuando Lopez Murphy dijo que las dos opciones del gobierno de la Alianza eran devaluar o subir impuestos, lo bajaron de la campaña. Y no me parece que esa sea la alternativa que los políticos griegos le están ofreciendo a sus votantes. Pero como dije, son solo dos ideas, estaría bueno explorarlas en mas detalle.

preguntas que nadie se hace

¿Que lugar puede ocupar la Argentina en una economia mundial integrada? ¿Que puede hacer le pais mejor o mas barato que otros? (Luis Alberto Romero, La crisis argentina. Una mirada al siglo XX, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003, p. 91)

Esas son las preguntas que los intelectuales deberían (deberíamos) hacerse, y no se están haciendo. Pero hoy la política gubernamental pasa por proteger a los sectores menos competitivos de la economía, y la respuesta opositora consiste en cuestionar las obvias inconsistencias de la misma, pero nada mas. Por supuesto, todos sabemos que la Argentina es competitiva en la exportación de productos agropecuarios, pero el gobierno tampoco se ve muy interesado en aumentar la exportación de mas productos que la soja por razones de política interna. Y la payasada del viaje a la “economía complementaria” de Angola no fue mas que eso, una payasada. (Quiero aclarar que yo no me opongo, de ninguna manera, a que haya intercambios comerciales con Angola; pero tampoco podemos pretender que el sector externo de la economia se base en las exportaciones a Angola, of all places!)

Es una lastima, porque desarrollar el sector externo de la economía trae beneficios políticos ademas de económicos: en la medida en que la economía depende de las exportaciones, el margen de libertad del gobierno para establecer políticas irracionales se reduce, porque los costos son muy altos. En eso podríamos aprender de las economías de los países escandinavos que, como señala este libro clásico, estan entre las mas abiertas del mundo.

la cultura es endogena

La inclinación de los argentinos a comprar (y ahorrar en) dólares es una “cuestión cultural”. En eso parecen coincidir tanto quienes cuestionan como quienes defienden las recientes medidas del gobierno con respecto al dólar.  Y en linea con la capacidad del kirchnerismo para marcar la agenda, el debate esta ganando espacio en los medios.

Pero esto ignora que las preferencias culturales son endogenas: no es que a los argentinos nos gusten los billetitos verdes, es que décadas de experiencia nos enseñaron que confiar en la Fed es una estrategia mucho mas provechosa que confiar en el gobierno de turno. Dos ejemplos ilustran esto. Este post de Lucas Llach muestra muy bien que en Argentina el dólar siempre sube, pero nunca baja: en otras palabras, apostar al dólar no es apostar a una burbuja que en algún momento se tiene que pinchar. También tenemos el exitoso ejemplo de Lavagna en 2003: ni bien el gobierno mostró que tenia las reservas suficientes para mantener el dólar a 3 pesos y monedas, nadie tuvo una preferencia por el dólar tan marcada como para pagarlo a 10 pesos. De hecho, hasta hace poco teníamos inflación en dólares y en pesos, y la gente no salía en masa a comprar dólares.