Cuando la sangre llega al río

La muerte de Nisman–y más en general el enfrentamiento entre el gobierno argentino y el poder judicial–hacen recordar el argumento de Milan Svolik sobre la intervención de los militares en política (este libro, cap. 5).

¿Por qué los militares hacen golpes? A primera vista la respuesta parece obvia: porque sus preferencias políticas difieren de las del gobierno de turno. Pero organizar un golpe implica un riesgo, porque si las cosas salen mal los cabecillas pueden esperar ser pasados a retiro, y el país puede llegar a caer en una guerra civil. En otras palabras, para los militares el mejor de los mundos posibles es uno donde la amenaza de un golpe es suficiente para inducir al gobierno a cambiar sus políticas. Pero si las autoridades civiles intuyen que los militares no quieren sacar los tanques a la calle, van a hacer caso omiso de las amenazas que reciban (o cumplir con ellas sólo en parte). Dependiendo del nivel de credibilidad del que goce la amenaza de dar un golpe, las relaciones cívico-militares pueden van a estar caracterizadas por uno de tres equilibrios:

  1. Sujeción militar al poder político. Cuando la amenaza de lanzar un golpe nunca es creíble, las autoridades civiles implementan sus políticas preferidas y los militares obedecen sin chistar. En otras palabras, no hay golpes porque las fuerzas armadas son muy débiles. Ejemplos: países desarrollados, Argentina post-1995.
  2. Tutela militar. Cuando el gobierno depende absolutamente del apoyo de los militares, la amenaza de golpe es tan creíble que las decisiones del poder civil están absolutamente subordinadas a las preferencias castrenses. Pero aunque los militares tienen mucho poder, los golpes son escasos porque no resultan necesarios. Ejemplos: El Salvador durante la segunda mitad del s. XX.
  3. Riesgo calculado (“brinkmanship“). Cuando la amenaza de intervención militar no puede ser descartada de plano pero tampoco resulta enteramente creíble, los militares y el gobierno se embarcan en un juego de póker: los unos piden más de lo que esperan obtener, el otro estima que puede evitar un golpe dando menos de lo que le piden. En otras palabras, nadie sabe hasta dónde el otro está dispuesto a ceder, y entonces ambos tratan de correr los límites un poco más allá, hasta que alguno comete un error de cálculo:

Military interventions occur when, in this push-and-shove play for influence between the military and the government, the latter oversteps and “rocks the boat” too much. (Milan Svolik, The Politics of Authoritarian Rule, Cambridge University Press, 2012, ch. 5)

El enfrentamiento entre el kirchnerismo y la justicia puede ser descrito con la misma lógica. Por supuesto, el poder judicial no hace golpes pero decide estratégicamente si investiga a los funcionarios gubernamentales que cometen delitos. Pero como en el caso anterior, independientemente de quién gane la pulseada, tanto el gobierno como los jueces están mejor si no hay conflicto: si a la larga va a ganar el gobierno, jueces y fiscales prefieren no quedar marcados como enemigos del poder de turno; mientras que si va a predominar la justicia, los funcionarios gubernamentales prefieren no incurrir en comportamientos que puedan ser juzgados. Como en el caso de las relaciones cívico-militares, esto da lugar a tres equilibrios:

  1. En un escenario de subordinación judicial al poder político, ningún juez o fiscal investiga a los funcionarios de turno porque es absolutamente inútil; los únicos políticos investigados–posiblemente con causas armadas–son los de la oposición. Como en el caso de la sujeción militar al poder político, el conflicto no existe: si a algún funcionario judicial quijotesco se le ocurre investigar al poder de turno, es removido inmediatamente de su cargo.
  2. Cuando se respeta la independencia judicial, jueces y fiscales se sienten en libertad de investigar, porque el gobierno no puede responder cargando contra el poder judicial. Por supuesto, los funcionarios acusados tienen el derecho a defenderse, pero dicha defensa de limita a una causa concreta; la investigación de un funcionario, por importante que sea, no termina en un conflicto con el poder judicial in toto.
  3. Cuando el poder judicial no es completamente autónomo pero tampoco opera como un apéndice del poder político, el resultado es un enfrentamiento entre poderes que vemos en la Argentina de hoy: unos disparan con causas e investigaciones no siempre creíbles, en tanto que los otros responden con presiones, operaciones mediáticas, y reformas institucionales destinadas a subordinar la justicia al poder de turno. Como en el caso de las relaciones cívico-militares, aunque ninguna de las partes quiere el conflicto, ambas tienen incentivos para exagerar su posición y descubrir dónde están los límites. Hasta que la sangre termina por llegar al río.

Desde mediados de los 90, la Argentina se encuentra empantanada en este último equilibrio. La acusación de Nisman y su muerte son tanto un reflejo de ello como un intento de extender los límites un poco más allá y establecer un equilibrio diferente. Nuestra reacción va a determinar con qué nos vamos a encontrar mañana: si la muerte de Nisman permanece impune, la muerte del fiscal que acusó a la presidenta va a colgar como espada de Damocles sobre el resto de los funcionarios judiciales, independientemente de que el gobierno sea el responsable directo de su muerte; sólo si el caso se resuelve de manera satisfactoria vamos a avanzar a un escenario donde jueces y fiscales se sienten dispuestos a investigar al poder de turno.

Ostiguy tiene razón (una más y van…)

Esta semana pasaron dos cosas sintomáticas de cómo funciona el país. La primera es el siguiente episodio que menciona Julio Blanck en el Clarín del viernes:

“Ustedes ahora son kirchneristas, pero dentro de un año van a ser massistas o sciolistas, lo que convenga en el momento”, bramó Carrió durante su última pataleta en una reunión de comisión en Diputados. Algunos peronistas se rieron, ninguno la contradijo.

Difícil no estar de acuerdo. Pero lo que se les escapa tanto a Carrió como a Blanck (más por falta de introspección que por deshonestidad) es que lo mismo vale para los que están del otro lado. ¿Acaso dentro de unos años Carrió no va a ser tan antisciolista o antimassista, según lo que convenga en el momento, como sus adversarios van a ser massistas o sciolistas?

El otro punto destacable de la semana es la reacción que generó el discurso de Sabsay en IDEA. Como se aprecia en el video, Sabsay fue muy duro con el gobierno: lo comparó con el nazismo por insuflar la cultura del odio (desde minuto 6:15); cuestionó el uso de la ley de medios y el AFSCA como mecanismos de censura (7:40), lo que por otra parte es innecesario porque el oficialismo ya maneja el 80% de los medios (8:50); señalé que el proyecto de Código Procesal Penal representa “la forma más reaccionaria del Derecho Penal” (11:25); definió a Alejandra Gils Carbó como la “encubridora general de la Nación” (12:10); y destacó que el canciller Héctor Timerman da vergüenza y es un traidor por negociar con Ahmadinejad (16:50). Todos puntos con los que estoy generalmente de acuerdo. Pero de todo lo que dijo Sabsay, lo que más prendió fue el pedido para que la presidenta “muestre el título” de abogada. En otras palabras, tenemos un gobierno que hace cosas espantosas y el meme de la semana es que la presidenta nunca habría recibido el título que dice tener.

Los episodios parecen disímiles, pero tienen un importante punto en común: ambos reflejan el clivaje dominante en la política argentina desde 1945, que es la oposición entre peronismo y antiperonismo. Como señala el politólogo canadiense Pierre Ostiguy, dicha oposición no se basa en diferencias ideológicas o preferencias de política, sino en identidades. De un lado está la “clase media”, educada, que mira al exterior, respetuosa de los procedimientos y la legalidad; del otro está “el pueblo”, nacional y popular, preocupado por que las cosas se hagan, sin importar los formalismos legales. Esas identidades correlacionan bien con nivel educativo e ingresos, pero no con ideología: las políticas criminales represivas y de mano dura encuentran eco en ciertos sectores de la clase media, pero también en el conurbano bonaerense (Ruckauf, Rico, Massa). A la inversa, los políticos progresistas que cuestionan la mano dura generalmente vienen de la clase media (Frepaso, socialismo). Lo mismo pasa en cuestiones de política económica: si parece extraño que Menem y Kirchner hayan podido coexistir en el mismo partido, ¿qué hay de Alfonsín y De la Rúa (por no decir López Murphy)? ¿Acaso Pino Solanas no comparte espacio con Alfonso Prat Gay, que fue compañero de fórmula de Victoria Donda?

De acuerdo con Ostiguy, para un político en campaña es más redituable politizar el clivaje peronismo-antiperonismo que cualquier otro clivaje basado en preferencias de política. Se trata de un argumento falsificable y por ende científicamente válido, pero los eventos de esta semana no hacen más que corroborarlo. Carrió acusa a los diputados peronistas de alinearse detrás del próximo líder de turno, sea Scioli o Massa, como si existiera la posibilidad de que ella apoye a un gobierno peronista que sea ideológicamente afín (suponiendo que Carrió tenga preferencias ideológicas definidas). ¿Acaso no hay un doble estándar en cuestionar a los peronistas de sólo alinearse con el peronista de turno cuando los antiperonistas sólo buscan acuerdos dentro de su propio campo? Sabsay dice con todas las letras que el gobierno de Cristina Kirchner ha cometido toda clase de atropellos y va a dejar una herencia espantosa, pero la acusación que más “prende” es que la presidenta no tiene el título que dice tener: más grave que lo que hizo en el poder es que pretenda hacerse pasar por una abogada de clase media que no es. Y mientras tanto, las cuestiones de política que tanto importan –cómo bajar los índices de delincuencia de manera efectiva; cómo evitar que el narcotráfico se enquiste en el país; cómo distribuir los costos de salida de la encerrona económica en que nos metió el gobierno; cómo hacer para integrar al país al mundo en un contexto donde hay fuertes incentivos políticos para no hacerlo– siguen escondidos bajo la alfombra.

¿Cómo se lo decimos a Fernández?

Hoy es un gran día para la literatura argentina. Jorge Fernández Díaz, uno de los tantos escritores al que el gobierno excluyó del Salón del Libro de París por sus inclinaciones opositoras, se desquita de la mejor manera. En lugar de quejarse por la injusticia de la exclusión, decide regalarnos una gran pieza de ficción, un drama que combina la noble tradición del folletín con los todos los ingredientes de un Blockbuster hollywoodense.

La historia transcurre en un país de gente buena y generalmente razonable. Dice Fernández:

Hay un enorme consenso nacional … superávit fiscal y comercial, peso competitivo, ahorro de reservas, economía mixta con un Estado presente y, a la vez, con un ágil clima de negocios, política exterior independiente, pero no aislada, confluencia entre el campo y la industria, y seguridad jurídica. Un desarrollismo sano que radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes estarían dispuestos a suscribir. Sólo quedan fuera de estos anhelos sensatos sectores ultraconservadores en una punta e izquierdismos radicalizados en la otra: esas franjas extremas no representan hoy a casi nadie.

(El lector que no pueda creer que la literatura nacional sea capaz de alcanzar semejantes cotas de perfección puede chequear que Fernández no está solo.)

Pero claro, en una historia que comienza tan bien, no puede faltar un Malo que rompa con este clima idílico. En este caso, se trata de un oscuro hechicero de largas patillas, un aprendiz de brujo cuyo oscuro pasado ya daba para sospechar:

[El aprendiz de brujo], que ya había convalidado el cepo y un blanqueo que ni los narcos se atrevieron a aceptar, propuso esta vez una maxidevaluación. Con esta curiosidad: si es exitosa se trasladará a los precios y dañará fuertemente los salarios, lo que llevará a un fuerte conflicto social. Si en cambio fracasa, tendrá a los precios y a los salarios en niveles nuevamente parejos, por lo cual habrá hecho todo este gasto en vano.

En otras palabras, el plan del hechicero patilludo parece perfecto: si su maxidevaluación es exitosa, causará estragos inenarrables en el salario de los trabajadores; si fracasa, el tesoro nacional habrá perdido en vano miles de piezas de oro, en interés de quién sabe qué oscuros intereses. Parece que esta vez, sí, los malos ganan. Pero a no desesperarnos; al final de esta primera entrega, Fernández nos brinda un rayo de esperanza: existe una posibilidad de evitar el abismo, de recuperar la armonía y la tranquilidad perdidas sin perder reservas ni tocar salarios. El problema es que esa solución requiere despertar a la enigmática monarca de esa Comarca idílica, que está momentáneamente hechizada por el malvado hechicero. Para la gente razonable, para los miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes que solo deja afuera a unos cuantos ultraconsevadores e izquierdistas irredimibles, la pregunta es cómo llegar a la bondadosa dama e informarle de los diabólicos planes del hechicero que ha tomado bajo su magnánima protección:

¿Cómo explicarle que lo contrario [del aprendiz de brujo] no son la derecha neoliberal ni los lobos de Wall Street? Porque ése es el gran truco que ha logrado instalar el ministro de las patillas…

¿Lograrán los bondadosos (pero algo tímidos) miembros de esa amplia coalición de radicales, socialistas, macristas, peronistas, kirchneristas e independientes despertar a la enigmática dama y convencerla del riesgo que se ciñe sobre la Comarca? ¿O acaso el malvado hechicero podrá llevar adelante sus planes diabólicos, dejando un legado de destrucción y muerte a su alrededor? En la mejor tradición de la épica hollywoodense, Fernandez nos plantea una historia de desenlace absolutamente imprevisible…

(Continuará… cuando vuelva de comprar dólares)

el arte de la herestética

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.” (Jorge Luis Borges, “El Sur”)

El gobierno maneja muy bien lo que el politólogo William Riker llamó herestética, es decir el arte de marcar la agenda, de plantear la discusión política en los términos más favorables para uno. Si la retórica consiste en el arte de persuadir a los demás de las propias posiciones, la herestética es la capacidad de “inclinar la cancha” para ganar el debate sin necesidad de convencer a nadie. El ejemplo perfecto es el lanzamiento del billete de Evita: a través del mismo, el gobierno logró mover el debate desde la inflación, donde sale perdiendo, a los méritos relativos de Roca y Eva Perón, donde la cosa está mucho más pareja. Un golazo de media cancha.

La contracara de la capacidad del gobierno para marcar la agenda es la nula capacidad de la oposición para introducir algún tema de debate que “prenda” en la gente. Más allá de la discusión sobre si la oposición es suficientemente crítica del kirchnerismo o no, lo que es grave es que ningún dirigente opositor sabe (o quiere) cómo decir algo que pase a estar en boca de todos y obligue al gobierno a responder. Como recientemente señalaba un amigo, limitarse a criticar sólo las peores barbaridades del kirchnerismo (como el Indec), o a proponer generalidades contra las que es imposible estar en desacuerdo (como que necesitamos más educación) no es en el fondo más que una forma de autocensura. Lo que necesitamos es un dirigente opositor que sea como Lanata, que sepa (y quiera) instalar temas en la agenda.

La comparación con Lanata es especialmente adecuada porque la paranoia con la que los kirchneristas respondieron al lanzamiento de Periodismo Para Todos muestra que el gobierno es muy consciente que su principal activo político es el control de la agenda. Además, los ataques que recibió Lanata también ilustran lo que le espera a cualquier dirigente opositor que logre instalar un tema incómodo para el gobierno. A nadie le gusta que lo critiquen, pero como lo muestra la historia del propio Néstor Kirchner, para triunfar en política muchas veces es necesario instalar temas nuevos, y eso implica recibir un vendaval de críticas. En los blogs y artículos kirchneristas es frecuente leer que la política es conflicto, que nunca es posible dejar contentos a todos. El gobierno se tomó el mensaje al pie de la letra. Sería bueno que los opositores empiecen a tomarlo en cuenta.

el posmodernismo en la política

Para el posmodernismo, todo es discurso, y toda verdad es relativa; pero esa misma afirmación constituye una pieza de discurso, que por ende debe ser leída posmodernamente, es decir, irónicamente. Como señala Umberto Eco,

I think of the postmodern attitude as that of a man who loves a very cultivated woman and knows he cannot say to her, “I love you madly”, because he knows that she knows (and that she knows that he knows) that these words have already been written by Barbara Cartland. Still, there is a solution. He can say, “As Barbara Cartland would put it, I love you madly.” At this point, having avoided false innocence, having said clearly that it is no longer possible to speak innocently, he will nevertheless have said what he wanted to say to the woman: that he loves her, but loves her in an age of lost innocence. (Eco, Postscript to The Name of the Rose, London, Harcourt Brace Jovanovich, 1983/84, p. 67)

En otras palabras,  toda afirmación posmoderna encierra dos mensajes, uno obvio y visible, el otro irónico e implícito (y desencantado). En el ámbito de la política, ello es positivo porque pone un freno a las ideologías absolutistas que tanto daño hicieron durante el siglo XX: adoptar una actitud posmoderna no implica carecer de ideología, pero sí ser consciente de los límites de toda ideología y de todo proyecto político. Como Martín Caparrós viene repitiendo últimamente, el relato kirchnerista le parece muy lindo, pero por eso mismo él “no se lo puede creer”. En otras palabras, Caparrós es demasiado posmoderno para ser kirchnerista. Y lo mismo vale para Beatriz Sarlo, o para Pola Oloixarac.

Pero el discurso posmoderno en política también entraña riesgos, ya que nunca faltan los que toman la referencia a Barbara Cartland como una cita erudita, como una forma de realzar el valor de la expresión “I love you madly”. Como lo advierte el propio Eco,

Thus, with the modern, anyone who does not understand the game can only reject it, but with the postmodern, it is possible not to understand the game and yet to take it seriously… There is always somebody who takes ironic discourse seriously. I think that the collages of Picasso, Juan Gris, and Braque were modern: this is why normal people [sic] would not accept them. On the other hand, the collages of Max Ernst, who pasted together bits of nineteenth-century engravings, were postmodern: they can be read as fantastic stories, as the telling of dreams, without any awareness that they amount to a discussion of the nature of engraving, and perhaps even of collage (p. 68).

En el campo de la política, ello se traduce en los Horacio González, que son lo suficientemente inteligentes para advertir que el discurso posmoderno de que “todo es discurso” tiene una importante cuota de verdad (y si no, ahí tenemos a “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote“, o “La biblioteca de Babel”), pero no tanto como para advertir que esa cuota de verdad también se aplica al propio discurso posmoderno. Tomado en sentido literal, el posmodernismo en política conduce al mayor de los cinismos, porque el discurso del “todo es discurso” conduce a juzgar a todos (y a todas) exclusivamente por lo que dicen, y jamás por lo que hacen; al fin y al cabo, en un mundo donde todo es discurso, el “hacer” es un componente discursivo más, y por ende solo puede ser entendido y juzgado en términos discursivos. Se impone entonces la política de “lo que importa es la actitud”, la incesante competencia por posicionarse adecuadamente en términos del relato, que es, en definitiva, lo único que importa.

¿Kirchnerismo? No necesariamente; uno también puede pensar en los born again Christians del Partido Republicano, como se puede ver en este excelente post. Montoneros y fundamentalistas evangélicos tienen mucho, quizá demasiado, en común. Al fin y al cabo, una perspectiva posmoderna, para la cual el discurso es todo, no puede pasar por alto que las semejanzas estructurales en el plano discursivo son mucho más importantes que las innegables diferencias en el contenido de dicho discurso.

¿el ahorro no es progresista?

Finalmente, el Banco Central anunció la prohibición de vender dólares a particulares que quieran volcarlos al ahorro. Por supuesto, en lo inmediato la medida no va a cambiar absolutamente nada, ya que la prohibición de comprar dólares para atesoramiento en el mercado legal ya venía rigiendo de hecho desde hace un tiempo. Pero lo que me parece significativo (y preocupante) es el mensaje que se está transmitiendo: que el gobierno no sólo ve con malos ojos que la gente ahorre, sino que además va a hacer lo posible por evitar que ahorre. En otras palabras, en la Argentina de hoy, ahorrar es ilegal(*).

Eso debería preocupar, y mucho, a los progresistas. Porque, ¿es posible pensar en algún ideal más conservador que una sociedad sin ahorro? Todos sabemos que los pobres arrancan en una situación más desfavorable que el resto. ¿Cómo podemos pretender que lo reviertan si no es de a poco, y cómo pueden hacerlo de a poco si no pueden ahorrar? Salir de la pobreza es un proceso que toma tiempo: adquirir (o mejorar) la casa, expandir de a poco el negocio, ir adquiriendo los bienes que permiten una mejor calidad de vida, enviar a los hijos a la universidad para que se conviertan en profesionales. Salvo para los que tienen la suerte de ganarse la lotería o de jugar bien al fútbol, cada uno de estos pasos demanda tiempo, porque hay que ir juntando la plata de a poco, ahorrándola, hasta que sea suficiente para dar un (pequeño) salto. La historia de muchos argentinos de clase media que nunca fuimos pobres lo ilustra a la perfección: nuestros abuelos (y bisabuelos) llegaron pobres -muy pobres- de Europa, y salvo algunos que tuvieron la suerte de enriquecerse rápido, la mayoría pudo mejorar su situación sólo lentamente, tratando de ahorrar lo que se podía para que sus hijos pudieran ir a la universidad y acceder a una posición más acomodada. Exactamente lo mismo que hoy hacen millones de inmigrantes que abandonan sus países de origen para ir a conseguir trabajos que sus pares de otros países no quieren tomar, y así ahorrar para que sus hijos tengan una vida mejor que la de ellos.

En suma, sería bueno que en la Argentina se empiece a hablar un poco más de estas cosas. Que en lugar de hablar de la “igualdad”, el “mercado” y el “estado” en abstracto, empecemos a pensar un poco en el impacto de las políticas concretas que se están implementando, sobre todo en el largo plazo. Que dejemos de lado las etiquetas vacías (y fáciles) y empecemos a pensar un poco en cuestiones concretas. Si realmente queremos terminar con la pobreza, si realmente queremos vivir en un país más igual, tenemos que permitir que los de abajo puedan subir. No podemos ser tan caraduras de decirles que hacerlo es ilegal.

(*) Por supuesto, atesorar pesos es legal, pero no es ahorrar. Y sin duda existen algunos instrumentos legales de ahorro, pero los mismos sólo están al alcance de pocos. Para los argentinos pobres y no tan pobres (vg., Cristina Fernández de Kirchner), ahorrar es sinónimo de comprar dólares.

el abrazo del oso

Muchos críticos del gobierno están con Moyano, Ilusionados con la idea de que el camionero le imponga una derrota inolvidable al kirchnerismo. Yo no. No se trata, por supuesto, de que haya empezado a simpatizar con el gobierno, ni de que considere que el reclamo por el impuesto a las ganancias es injusto. Pero apoyar al oso que viene a enfrentar al león con la excusa de que éste se esta quedando con una porción de carne mayor a la que le corresponde, es pasar por alto que una vez derrotado el león, el oso no va a tener ningún prurito en comernos a nosotros.

En otras palabras, apoyar a Moyano no es muy diferente a apoyar al kirchnerismo. Primero, porque Hugo Moyano es un personaje nefasto que representa lo peor del sindicalismo peronista: la matoneria, el uso sistemático de la violencia para ganar posiciones, el acoso a la prensa, el tratamiento diferencial de los gobiernos peronistas y antiperonistas. Segundo, porque si Moyano sale fortalecido con el conflicto, ello va a representar una enorme victoria para un modelo sindical basado en una legislación laboral arcaica y caduca, que perjudica sistemáticamente a los trabajadores en negro y desalienta el dinamismo económico y la generación de empleo. Tercero, porque si bien el reclamo está basado en la premisa de que el no ajuste del impuesto a las ganancias es “un robo para los trabajadores”, el conflicto poco tiene de ideológico y mucho de disputa de poder al interior del peronismo. De hecho, Moyano ha hecho poco y nada para integrar sus reclamos con otros más amplios, como ser la normalización del INDEC o el cambio de la ley de ganancias para que la actualización por inflación sea automática (se entiende por qué: si la actualización es automática, los sindicalistas pierden una importante excusa para movilizarse y así demostrar su poder ante las bases). Y cuarto, porque si Moyano logra llevarse puesto o condicionar seriamente a un gobierno tan poderoso como el de Cristina, con mucha mas razón va a poder condicionar a cualquier gobierno más razonable que venga en 2015. No nos engañemos: un triunfo de Moyano es volver al pasado, ciertamente no a los 70 pero si a los 60 u 80.

¿Pero entonces? Lo mejor es mantenerse al margen, o sea subirse a un árbol y dejar que los otros se peleen en el llano. En otras palabras, dejar bien en claro que estamos ante un conflicto interno entre peronistas, y apostar al desgaste mutuo. ¿Que el gobierno puede salir fortalecido con una victoria? Es un riesgo que hay que correr, teniendo en cuenta que el escenario no seria tan apocalíptico como suena. Primero, porque el problema de fondo para el gobierno es el malestar social que ha provocado el milagro de que amplios sectores de la clase media estén mirando a Moyano con cierta simpatía; un triunfo político del gobierno haría poco o nada para acallar ese malestar, e incluso puede aumentarlo. Segundo, porque los actores pueden muy bien descubrir que ninguno se puede garantizar la victoria, y entonces buscar un acuerdo que va a dejar pagando a todos los aliados menores. Y tercero, porque un triunfo de Moyano no seria mucho mejor que uno del gobierno. En suma, no aceptemos el abrazo del oso que esta proponiendo Moyano; nuestro problema no es la interna peronista, sino la falta de una alternativa de poder para 2015. Concentremonos en eso último.

el CV de Reposo y la cola del pavo real

Tratando de mostrar que la teoría del selectorado de Bruce Bueno de Mesquita, Alastair Smith et alii tiene mucho que ver con los recientes argumentos sobre el signaling. El link, acá.

Update: parece que Carlos Pagni nos estuvo leyendo.

el mejor chiste de Pablo Marchetti

Nunca compré la revista Barcelona, aunque reconozco que algunas de sus viejas tapas eran gloriosas: “El gobierno dice que la redistribución ya se hizo, pero lamentablemente no alcanzó para los pobres”; “Habla el que tiró la bengala: Ibarra y Chabán la tienen que pagar”; “El pueblo esta cansado de que le hablen de reservas y pide culos a granel”, entre las más logradas. De hecho, lo mejor de Barcelona es que no era una “simple” revista de humor; al parodiar a Clarín y a Perfil con los culos y los gnomos, y al publicar tapas que la prensa “seria” nunca publicaría, Barcelona también llamaba la atención sobre la (muy) baja calidad de la prensa argentina en general, un problema que antecede al conflicto entre Clarín y el gobierno y que es mucho más serio que el del “monopolio”. Y las tapas eran geniales porque, a la vez que sorprendian por su desenfado y humor negro, servían para poner sobre el tapete miradas que generalmente escapaban al debate público.

Lamentablemente, eso ya no va más; hace mucho que Barcelona solo publica “chistes” kirchneristas (“chistes” va entre comillas no porque no pueda haber un buen chiste kirchnerista, sino porque los lugares comunes del gobierno o la oposición no pueden ofrecer más que chistes malos). Me terminé de desilusionar con lo de YPF; la Barcelona original hubiera publicado algo realmente lúcido, al estilo de “Como en el 82”, pero en su lugar eligieron una chicana barata sobre los españoles. Por eso me alegré de ver este artículo, donde Marchetti ofrece el que es, tal vez, su mejor chiste:

Una presidenta lúcida que, nos guste o no, está allí porque hace bien su trabajo. Tanto que puede dar larguísimos discursos hablando de muchísimos temas y hacerlo con gran autoridad, inteligencia y convicción.

Cristina, una mujer del Renacimiento. No jodamos, Marchetti. Si ése no es tu mejor chiste, voy a tener que pensar que tu mejor chiste fue hacernos creer que vos estuviste detrás de algunas de las grandes tapas de Barcelona.

el nuevo establishment

Brillante respuesta de ulschmidt (ver comment #3) a este post de La Barbarie que se pregunta dónde están los Fito Páez de nuestra época:

Alejandro, creo que los músicos menores de 30 años que pueden hacer eso están a la intemperie, fuera del sistema chupamedia oficialista que subsidia enérgicamente a los fitopaez a los que les da asco buenos aires y las gordas pero no la guita en la cuenta bancaria. No aparecen en la tele oficial (había otra?) ni en los muy populares festivales ni en los bicentenarios ni nada. Es la era de los viejos setentista que, además, declararon que después de ellos nadie es auténticamente joven. Ya aparecerán, pero creo que no van a gustarte.